campeon real madrid

Los goles de Ramos y Bale, de nuevo decisivos en otra final, deciden ante San Lorenzo. El Mundialito, coronación lógica para un equipo que se ganó el título de mejor del mundo.

El Real Madrid cerró un 2014 fantástico, para no olvidar, donde ha ido sumando trofeos al tiempo que mejoraba su fútbol, una combinación deliciosa para sus aficionados. El Mundialito es la coronación lógica para un equipo que se ha ganado el título de mejor del mundo. Es suyo, de ley, aunque esta vez el grupo de Ancelotti no necesitara una exhibición. 

Entre paseíllos reales y cabriolas de Blatter, el Madrid entró al partido con rostro aburrido, agotado de tanto protocolo. El pequeño príncipe heredero de Marruecos tenía capricho de hacerse una foto con el once titular de los blancos y su padre montó este Mundialito para conseguirlo. En el barullo, hasta Cristiano tuvo que darle la mano floja al presidente de la FIFA.

Al campeón de Europa se le atragantó más de media hora su esperada ceremonia de coronación intercontinental. Disfrutó de una ocasión en el primer minuto para ir sacudiendo el champán, pero Benzema pegó al suelo un pase a la boca de gol que le había puesto Cristiano. El raudo arañazo animó un poco más a la grada, mayoritariamente blanca de acento local. Las canciones eran de la hinchada argentina y el ruido, madridista marroquí.

El aviso no descompuso a San Lorenzo, convencido de su plan, sin alegrías ofensivas ni concesiones atrás. Un bloque áspero, de barba dura, que lejos de intimidarse ante el brillo de su rival, intentó llevar el encuentro al ritmo espeso que más le convenía. Tras la horripilante actuación en la semifinal ante Auckland (terceros del torneo, tras ganar ayer a Cruz Azul), el campeón suramericano sacó los dientes y puso el escudo del Papa sobre el césped.

Mercier y Ortigoza, los mediocentros con cara de malas pulgas, hacían ayudas a sus hombres de banda, tapando a Carvajal y Marcelo, perdido el brasileño hasta que un pinchazo muscular le mandó al vestuario minutos antes del descanso. En su zona, James tampoco encontraba agua, bien cubierto por Kalinski, ni Isco daba con espacio para su taco de billar. Cristiano buscaba aire más atrás y Bale parecía encadenado.

Sólo Kroos conducía con cierta libertad, pero su radio de acción era muy limitado. Los argentinos estrujaban al máximo el campo, contundentes en el despeje y con el reloj parado cada vez que se detenía el juego. El portero estiraba los saques y cada caída era una reunión de jugadores azulgranas con ganas de gritar al árbitro, a Ramos y a cualquier que cruzara por allí.

Tiraba de oficio San Lorenzo, cada vez más cómodo según avanzaba el partido, sin apenas sudores más allá de alguna falta lejana de Cristiano y un tirito de Benzema desde la frontal. Levantaba la ceja Ancelotti inquieto por la falta de fluidez de los suyos, colapsados en la red azulgrana, sin uñas en ataque pero con sangre en los ojos cada vez que tocaba pelear un balón.

Hasta el minuto 40 no agarró la pelota Casillas, en el primero que caía por su territorio, bien protegido por Pepe y sus botas aspirador. Entonces su equipo ya estaba por delante. La clave de la caja fuerte la tuvo Sergio Ramos, alma, corazón y vida de este Madrid multiusos como una navaja suiza. El córner donde llegó el 1-0 brotó de una contra de manual llevada por Benzema, al que le falta el frac cuando conduce así el balón. Bale pifió el remate/centro y los argentinos la sacaron de fondo.

Ramos se hizo un gigante para cabecear el delicado centro desde la esquina de Kroos, como en Lisboa hizo Modric, también con los suyos en apuros, aunque nada comparables a los de anoche. El central andaluz exhibió otra vez su duende, el que derribó Múnich y frenó la revolución rojiblanca en el estadio De la Luz. Remató imperial y corrió hacia la tribuna donde Pilar, su chica, ya le tiraba besos de amor.

El gol sentó de vicio al Madrid, respirando camino del vestuario por el rato desagradable que San Lorenzo le había hecho pasar. La ventaja fue un chorro de gasolina imposible de controlar para su rival cuando comenzó la segunda parte. El programa argentino no tenía soluciones ofensivas una vez por debajo en el marcador. Sus férreas líneas del comienzo empezaban a quebrarse ante el dominio blanco, metro a metro más encima del área de Torrico. James apareció por el centro y Benzema empezó a flotar por la frontal. La sentencia se amasaba poco a poco.

En una pérdida, Isco encontró campo abierto ante sus ojos y al fondo, Bale, solo al sol de la torre sur del Gran Estadio de Marrakech. Chutó mal, mordida y floja, pero el meta argentino se tiró encima del balón como un sacó de arena y le rebotó hacia la red. El galés, como Ramos, demostró su don especial en las finales. De su cabalgada en Mestalla nació este Madrid de las cuatro copas y dueño con justicia del cetro mundial. El fútbol vuelve a ser suyo.

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