El Real Madrid conquista en el Palacio de los Deportes de Madrid su novena Euroliga frente al Olympiacos, su verdugo en la final de hace dos años.

Carroll y Nocioni, con 16 y 12 puntos respectivamente, lideran al equipo de Pablo Laso. El alero argentino, 'MVP' de la Final Four, a sus 35 años.

Después de tumbar al Olympiacos de Spanoulis, como un guiño a aquellos que les arruinaron por primera vez en su asalto a Europa, este equipo es ya parte de la Historia.

El sabor del éxito se multiplica exponencialmente si se acude desde el coraje. Pocas penas tan hondas como las que el Real Madrid arrastraba de las malditas finales de Londres y Milán, desengaños como punzadas en el corazón. Así que cuando Felipe Reyes alzó al cielo de Madrid 'la Novena' Copa de Europa, estalló en éxtasis el Palacio, como una liberación en este 17 de mayo, que ya queda para los libros de Historia. El día en que el club blanco se reconcilió con su pasado: 20 años después volvió a reinar en Europa. Pocos títulos fueron tan sufridos y a la vez tan merecidos.

 

Fue un conmovedor ejercicio de superación, de insistencia pese a reveses de los que no se levanta un cualquiera. La dimensión de este Madrid de Laso, que el apellido es ya parte de su grandeza, reside en esa resistencia al cruel destino. Asimiló los golpes, secó las lágrimas, extrajo las lecciones pertinentes y parcheó la plantilla con lo necesario, especialmente con el inmenso espíritu ganador del 'Chapu' Nocioni, MVP de la Final Four. Y se mantuvo en su empeño. Incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor, que escribió Dostoievski. Después de todo, tras tumbar al Olympiacos de Spanoulis, como un guiño a aquellos que les arruinaron por primera vez en su asalto a Europa, este equipo es ya parte de la Historia, al 'ladito' de todos los mitos del club más laureado del continente.

El rival iba a engrandecer la hazaña. Porque Olympiacos es un grupo admirable, un equipo que honra al baloncesto. Con su riqueza táctica, con su plan coral, a rajatabla por todos, el primero el líder Spanoulis, todos los egos al servicio del bien común. De ahí sus éxitos recientes, bicampeón, siempre desde la inferioridad presupuestaria ante los colosos del continente.

El duelo era una trampa constante. El Madrid no encontró soluciones hasta el mismo final, siempre posesiones al límite, lanzamientos forzados. De correr, ni hablamos. La clave era sobrevivir en ese fango pese a todo y para eso no queda otra que la dureza, física y mental, y los arrestos. La experiencia adquirida. No tardó en comprobarse que era la tarde para tipos como Nocioni y Maciulis, almas guerreras, uno desde el ardor argentino, otro desde la frialdad lituana. Adquiridos el pasado verano precisamente para esto. Fueron los que pusieron orden en la enrevesada primera parte, los que compensaron la ansiedad del resto, cuando los blancos llegaron a caer por seis (15-21). Fue clave, pues un triple de KC Rivers, unido al desacierto desde el tiro libre heleno (6 de 14), abrió una esperanzadora brecha al descanso.

Se iba a soltar en esa segunda parte de euforias, fuera toda presión, a bailar, bailar, bailar. Era como si el Madrid hubiera tenido en reserva cierto número de buenos golpes, como el soldado que durante un asedio raciona las balas que le quedan. Resultó esencial la salida de vestuarios, cuando un triple de Rudy puso la máxima (40-29). Imposible fiarse, de peores, mucho peores, ha salido este Olympiacos de las remontadas imposibles. Spanoulis sólo sumaba una canasta, lo que como todo el mundo sabe es garantía de una exhibición postrera. Otro problema fue la cuarta de Felipe, quien definitivamente no ha tenido el mejor fin de semana de su vida en el plano personal. Qué más da, si ya tiene el título que le faltaba.

Al poco se mostró toda la casta de Olympiacos, que contestó con un parcial helador de 0-12 para darle la vuelta a todo, para hacer temblar el Palacio. Hacía falta un resorte, un héroe. Jaycee Carroll tenía dos cuentas pendientes: se le echó de menos en Londres y Milán. Todo compensado con un 'ratito' en vena que vale un continente, ocho puntos consecutivos y tres triples con todas las manos de Grecia sobre su rostro. Daba igual, en ese momento él era Spanoulis.

El Madrid entró al acto definitivo con un triple de Nocioni, pero ni las distancias aliviaban. Spanoulis optó por delegar, en pos de su equipo. Esperaba su momento, y la misión de Laso era propiciar que nunca se llegara a tal situación. Y lo logró con inteligentes movimientos de banquillo. Pero la batalla era feroz. El miedo se sentía en el Palacio, que sólo empezó a agarrar la 'Novena' cuando el inmenso Nocioni -"vine para esto"- se sacó otro triple desde la nada, desde su amor propio (65-55, min. 37). La gloria estaba ya a un suspiro. Otro tapón del Chapu fue el broche para que los dos últimos minutos fueran ya una fiesta. Esta vez las lágrimas fueron de alegría, la de un sueño perseguido con la persistencia de los héroes.

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