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Campeón Europa League. Cuarta Europa League para el Sevilla

El Sevilla conquista otro cielo. Logra su cuarta Europa League y gana una plaza para la próxima Champions.

Los goles de Bacca, dos, y Krychowiak rindieron al bravo Dnipro.

La eternidad guarda un lugar al Sevilla. La Champions, también. La leyenda del equipo que nunca se rinde quedó sellada en Varsovia, a cuyo cielo alzó la cuarta Europa League. La cifra mágica, la jamás antes por nadie lograda. Triunfó el Sevilla sobre el bravo Dnipro, un equipo que jugaba como un país, todo corazón, y que hizo pasar al grupo de Emery por dificultades muy serias. Fue un adversario digno para el campeón, para el Sevilla de todos los tiempos, para quien ningún elogio está de sobra. No hay mucho más que se pueda decir del Sevilla. Simplemente, tal vez, ahora sí, que no hay otro equipo como él.

Lloraban. Lloraban sobre la hierba del Estadio Nacional como niños tipos como Carriço y Mbia, fundido en interminables abrazos, levantaban al comandante Emery, el entrenador del sueño, el guía de un equipo inmortal, consolaba, en medio de la fiesta, Vitolo al gigante caído, el formidable portero Boyko, que realizó paradas asombrosas, bailaba Banega, el jugador del partido pese a los dos goles de Bacca, se seguía comiendo el mundo Krychowiak, el emperador polaco, el hombre que levantó ayer al Sevilla para hacerle ver la eternidad...

Pues quien esperaba un paseo, se equivocó. La final ya había pasado por todos los escenarios posibles en el primer tiempo, donde el Sevilla puso el juego y los errores. Con nada, el Dnipro marcó dos goles. Una mala noticia para los rojos, cuya superioridad fue manifiesta. Tanto que les pesó. Desde el primer momento quedó en evidencia que sólo el Sevilla podía ganar el partido, y que sólo el Sevilla podía perderlo.

Desde que el balón echó a rodar se advirtió el fútbol pleistocénico del Dnipro, sólo con distinción en las botas del fenomenal Konoplyanka. El Sevilla emprendió pronto lo que se advertía como un inexorable plan de demolición, con Aleix como lateral y Reyes por delante. Al minuto ya había desaprovechado la primera ocasión Bacca y a los cinco reclamaba un penalti de Rotan sobre Reyes. La puesta en escena invitaba al optimismo cuando, de repente, los de Emery se vieron metidos en una película de terror. En la primera salida de su madriguera, el Dnipro hizo sangre. Le bastó un pelotazo ganado por Kalinic a Kolo, que se borró de la jugada, titubeó Tremoulinas para cerrar a Matheus y dobló el extremo para que terminara el propio Kalinic con un cabezazo a bocajarro. Sergio Rico no pudo corregir. No había demasiado que reprocharle, pues estaba vendido. Pero el gol pareció hacer mella en el portero, que se colocó mal y reaccionó tarde al chut de falta con que Rotan hizo el segundo, a poco del descanso. No fue, precisamente, la mejor carta de presentación como nuevo internacional.

Entre medias de los goles ucranianos, el Sevilla había sido el Sevilla, mandón, jerarca, afilado y pegador. Por supuesto, le había dado la vuelta al partido, martillazo a martillazo, sin desfallecer ante el muro que había plantado sin ningún sentido del decoro el Dnipro ante Boyko. Así habían llegado a la final, y así pretendían ganarla. Parecía difícil que pudieran aguantar hora y media enjaulados en su área, pero la secuencia de ocasiones marradas por el Sevilla, el paradón de Boyko al cabezazo de Vitolo y el hecho de que ya lo hubieran logrado en la semifinal con el Nápoles generó una incertumbre pertinente. El sevillismo tiritaba.

Pero Krychowiak no había llegado hasta aquí para eso. Estaba en su casa, y él mandaba. El polaco recogió una dejada de Bacca en un córner, y en un suspiro controló con la izquierda y armó con la derecha. El gol serenó al Sevilla, que durante ese tramó jugó de escándalo, armado con el cartabón de Banega, más afilado el ataque por la izquierda de Vitolo y Tremoulinas, con Aleix redoblando esfuerzos para amenazar y tapar a Konoplyanka. Apenas si el Sevilla echaba a menos a Reyes, que casi no hizo nada, y que con lo que hizo pudo ganar el partido. Su asistencia a Bacca para el 1-2 fue una obra de arte fugaz y mayor.

El escenario quedó propicio, pero el Sevilla se movió mal en aguas templadas. De nuevo fue incapaz de manejar el juego, molestar al Dnipro, alejarle de su cueva y rematar. Al contrario, en otra veleidad, le allanó el empate. El 2-2 le cortó el cuerpo camino de los vestuarios, y con esa mala cara se presentó a la vuelta. El cambio de Reyes por un lateral, Coke, resultó sintomático del estado de las cosas. La incertidumbre dolía. Hasta que Bacca recogió un pase perfecto de Vitolo para rematar a Boyko, para aplastar al orgulloso Dnipro, que acabó con 10 tras el desfallecimiento súbito que sufrió Matheus. El Estadio Nacional quedó en un silencio terrible, que contrastó con el estallido sevillista instantes después, con la cuarta Europa League elevada al cielo de Varsovia, el último escenario de una leyenda que no cesa.

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