A falta del recuente definitivo,  Donald Trump será el nuevo presidente de los Estados Unidos tras ganar unas elecciones en las que todos los sondeos le situaban como perdedor. Una vez más las encuestas preelectorales han fallado.

A la salida de los centros de votación, la CNN preguntaba a los electores no sólo por el sentido de su voto. También les consultaba sobre sus pulsiones interiores: “¿Cómo se sentirá si gana Donald Trump?” Las respuestas dejan claro lo controvertido del personaje: el 37% reconoce que tendría “miedo”; el 21% experimentaría “preocupación”; un 26% de los votantes lo afrontarían con “optimismo”, y el 13% lo vería con “entusiasmo”.

Pues bien, ha ganado Trump, rompiendo todos los pronósticos, lo que demuestra que el descontento, o el desapego o lo que sea que los sociólogos diagnostiquen ahora que ya todo ha pasado, es mucho mayor que lo que todo el mundo pensaba. En los estadounidenses, se entiende. Con el 4,9%, Estados Unidos tiene las mejores tasas de paro desde el año 2000, al tiempo que Obama ha reducido en dos tercios el déficit público que heredó de George W. Bush en 2008. Todo, mientras todavía mantiene miles de tropas en Irak y Afganistán, apoya logísticamente a los combatientes rebeldes en Siria y a la misma vez que ha comprometido 1,1 billones de dólares a su programa de atención médica a los trabajadores sin seguro, el conocido Obamacare.

Esa aparente cuadratura del círculo económico de un presidente demócrata que, además, ha tenido que convivir con un Congreso de mayoría republicana no ha sido suficiente para que Clinton reuniera la confianza de quienes apoyaron con entusiasmo al primer presidente negro de la historia de EEUU. ¿Por qué? ¿Qué ha ofrecido Donald Trump para convencer a los estadounidenses? Pues realmente, concreto, nada. O sí ha ofrecido, pero contradictorio.

El magnate de la construcción, famoso por sus picos de audiencia al grito de “¡estás despedido!” a los participantes del concurso-reality de televisión ‘El aprendiz’ sostiene ahora que ha sido el libre mercado el causante de la pérdida de empleos y la deslocalización de empresas “que han llevado a Estados Unidos al declive”. Así, sus propuestas son un vademécum del proteccionismo: detener la negociación del tratado de libre comercio con la UE (TTIP), renegociación del firmado con los países del Pacífico (TTP) y del vigente con Canadá y México (NAFTA) e imposición de aranceles a cualquier importación procedente de China además de multas a las empresas que saquen su producción de territorio estadounidense.

Todo lo contrario de la tradición neoliberal de George W. Bush, el último republicano que ocupó la Casa Blanca, salvo en la otra parte del embudo, la ancha: Trump plantea una bajada de impuestos, pero lo trufa de banderas aún más populistas, como incluir en la reforma fiscal medidas “para que la gente como yo no pueda hacer lo que yo hago, evitar pagar lo que me toca” o subir el salario mínimo “para todos los americanos”.

¿Y cómo se hace eso al mismo tiempo que bajar el déficit y la deuda, como prometió en los debates electorales? Puede que con “la demolición del Obamacare”, la medida que ha tachó durante los debates televisados como el “mayor desastre” la presidencia de Barack Obama. Es cierto que con ello podría ahorrar más de un billón de dólares –billón europeo, ojo, millón de millones– con los que financiar esas políticas proteccionistas, pero también lo es que dejaría a más de 12 millones de personas que por primera vez han tenido atención médica, de nuevo desamparados. ¿Se puede permitir semejante medida un presidente de Estados Unidos?

El caso es que en eso nunca ha entrado el nuevo comandante en jefe del país más poderoso de la Tierra. Ahora que va a dirigir la democracia líder del mundo libre tendrá que fijar otra posición no menos polémica: su relación con Rusia, o mejor dicho, con Vladimir Putin, “un líder mucho mayor que el presidente Obama”, según sus propias palabras.

La cercanía del nuevo inquilino de la Casa Blanca con quien representa, quiera o no, la potencia rival en el mundo, parece imposible de mantener ahora que ambos ya no tienen un enemigo común, la candidata derrotada Hillary Clinton. Porque ahora competirán entre ellos: por la relación con China, por la defensa de la Europa occidental a través de los escudos de misiles de la OTAN, por la influencia en la pacificación interesada de Oriente Próximo y, claro, en sus reservas de petróleo. ¿De verdad van a ir de la mano Putin y Trump como hasta ayer, ahora que ambos defenderán los intereses de dos potencias históricamente antagónicas?

Porque en lo tocante al papel de EEUU como policía del mundo, Trump ya ha anunciado que se retira y que prefiere que “cada uno se defienda por sí mismo”, como ha dicho respecto a la contribución económica y militar de su país a la OTAN. El Tratado del Atlántico Norte es una de las claves del mundo tal como lo conocemos desde el final de la II Guerra Mundial, y cuesta mucho imaginar un modelo diferente. ¿Mantendrá el presidente Trump lo que decía el candidato? ¿Será capaz de enfrentarse a sus aliados europeos hasta el punto de abandonarlos si no “aumentan su contribución económica” a la Alianza? ¿Llegará hasta ese punto el aislacionismo que preconiza el otrora magnate de la construcción?

Sí que ha dejado claro que quiere ‘aislarse’ de México, su vecino del sur, en quien ha personificado todos los males de la inmigración. “Los mexicanos que entran ilegalmente en nuestro país traen el crimen y violan a nuestra mujeres”, dijo en los albores de su candidatura. Y una vez confirmado en la carrera confirmó su intención de levantar un muro de 3.100 kilómetros de longitud. “Y lo pagará México, no nosotros”. El peso ha bajado un 10% esta noche mientras se confirmaba la victoria del candidato republicano… difícil pagar esa magna obra con una moneda tan devaluada, para empezar.

La campaña de Trump ha demostrado que no hace falta un programa concreto ni en lo económico, ni en lo social, ni en lo tocante a relaciones internacionales. Basta con colocar los mensajes adecuados en los oídos que los están deseando escuchar, más allá de que sean contradictorios, difícilmente compatibles entre sí. La clave ha sido ser rompedor, hacer ruido, gritarle a cada uno lo suyo y agitarlo. Las campañas electorales de EEUU son aburridas, largas y llenas de mensajes cruzados. Y Trump, marcando la agenda del ruido, habrá causado “miedo” y “preocupación” a muchos, pero es evidente que más les ha generado “optimismo” y “entusiasmo” .

Criticón Digital