HA comenzado una guerra civil en España. En Cataluña unos cientos de miles de delincuentes han pervertido el orden constitucional y están acogotando las leyes españolas. Los ciudadanos, ante la inacción del gobierno, estamos comenzando a movilizarnos, buscando armas para defender la integridad de nuestra patria. El Rey, como Jefe del Estado, debe colocarse a la cabeza de los ciudadanos que quieren defender el orden constitucional, o tomar el camino del exilio. Majestad, no podemos esperar más, Usted tampoco, ¡DECÍDASE!

Carta al Rey Felipe VI sobre la rebelión contra el Reino de España. 

Católica, Sacra y Real Majestad, que por la gracia de Dios merecisteis reinar:

Siento importunarle, en momentos que, aunque decisivos para la nación española, puede que no lo sean tanto para usted. Conozco que el instinto de conservación de los Borbones ha consistido, desde la Transición, en mantener una calculada y supongo que provechosa equidistancia entre los malos y los peores. De los buenos, mejor no mencionarlos. O sí, para denigrarlos, aunque le deba usted a ellos el inmerecido privilegio del que disfruta. Hace poco se refirió usted al franquismo como una “trágica dictadura”, lo que nunca se hubiera atrevido a decir de otras que gozan de tan buena prensa. Debo pensar que se limitó a leer lo que previamente le redactó quien, según algunas lenguas, lleva los pantalones en Zarzuela, pero el efecto es el mismo. Durante la celebración en el Congreso del 40 aniversario de las elecciones del 77, usted dijo que “la Guerra Civil y la dictadura fueron una inmensa tragedia sobre la que no cabía fundar el porvenir de España”. Debería haber tenido el decoro de añadir a continuación: “Menos para el de mi familia”. Pero tuvo el desdoro de faltar a la verdad para quedar bien con los herederos políticos de los que echaron del Trono a su bisabuelo y de los que pretenden echarle a usted más pronto que tarde.

¿Sería hoy usted Rey si la figura cenital de “esa inmensa tragedia” no lo hubiese dispuesto? Más allá de lo probable diría que no. Tendría que vivir de un trabajo, posiblemente mal remunerado, como cualquier hijo de vecino, y apuesto doble o nada a que la inductora de su conversión al progresismo sería hoy una de las caras más reconocibles de LaSexta, junto a la Pastor, el Ferreras y el Wyoming.

Lamento tener que remover hechos que la amnesia nos aconsejó ignorar durante años, pero se diría que los Borbones no tienen memoria histórica, que representan a una institución huérfana de pasado. Debe ser la única en el mundo que no bebe ni se nutre de la tradición ni de la herencia. Al menos no para los que quieren desenterrar ahora parte del pasado para exorcizar el presente y garantizarle un futuro a las princesitas.

En julio de 1969 las Cortes franquistas aprobaban, con la obediencia debida, a su padre como sucesor del Caudillo “a título” de Rey. A las siete de la tarde del 23 de julio de 1969, el nuevo Príncipe heredero del general Franco introdujo su juramento con estas palabras: “Estoy profundamente emocionado por la gran confianza que ha depositado en mí Su Excelencia el Jefe del Estado…Formado en la España surgida el 18 de julio, he conocido paso a paso las importantes realizaciones que se han conseguido bajo el mando magistral del Generalísimo…”. Es decir, Majestad, que el padre de aquella “trágica dictadura” había al fin decidido quién le sucedería y bajo qué cláusulas. Nada más. Si removemos el pasado, Majestad, que sea sin trampas. Y tras este necesario recordatorio de un suceso histórico al que su familia tanto debe, pasemos a lo que nos interesa.

Supongo que estará informado de lo que ocurrió ayer en Cataluña, aunque comprendería que estuviese ocupado en asuntos más recreativos que seguir por televisión a un puñado de sediciosos humillando al Estado que usted representa en primera instancia.

Ayer se perpetró en Cataluña un golpe de Estado disfrazado de participación democrática. Ayer se puso en marcha un proceso revolucionario para legalizar el desguace de la Nación española. Muchas instituciones catalanas se han rebelado contra el Estado. Entre ellas la policía autonómica, con sus 18.000 efectivos armados y al servicio de la sedición. Desconozco si le preocupan las imágenes de ayer de miles de catalanes celebrando la República con desbordante entusiasmo. Esas imágenes, sin embargo su desconcertante silencio, nos privó del sueño a muchos españoles humildes que, sin ser monárquicos ni disfrutar de sus altas prerrogativas, sentimos y amamos profundamente a España.

Forma parte del relato oficial sobre el golpe de Estado incruento del 23 de febrero de 1981, que Don Juan Carlos quiso que estuviese usted toda la noche a su lado para que “aprendiera la lección”. No alcanzo a saber el efecto que aquellas imágenes borrosas puedan haber tenido en usted todos estos años, o si anoche hizo lo propio con la heredera al Trono. Lo que por desgracia sí hemos comprobado es que usted no parece haber aprendido nada desde entonces.

A muchos nos habría tranquilizado verle anoche, con su uniforme de capitán general, dirigiéndose a los españoles, con brevedad y concisión, en las circunstancias extraordinarias que en estos momentos estamos viviendo, como hizo su padre la referida noche de autos: “La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum”.

Salvo que usted considere que lo sucesos del 23 de febrero entrañaban un desafío a la unidad de España, que usted representa, y no en cambio los de ayer en toda Cataluña, debo decirle, con respeto, pero también con ondignada inquietud, que no entiendo su inmovilismo de estos días, su inacción de anoche, su lejanía institucional ante un acto de rebelión contra España que, de consumarse, tendrían en usted y su familia a sus primeros damnificados.

Majestad, haga frente al compromiso adquirido en su juramento como Rey y jefe del Estado. Como estamos viendo, los poderes ejecutivo y legislativo están en manos de políticos taimados y traidores que, aún en las dramáticas circunstancias actuales, anteponen los cálculos electorales y las disputas personales al sagrado propósito de mantener unida a la nación española. El presidente del Gobierno y sus ministros se han puesto en manos de jueces y fiscales para no tener que hacer frente al desafío secesionista con las medidas que están pidiendo a gritos millones de españoles. Salvo que cumplan ignotas órdenes para que pongan fin a la existencia de España, lo que no descarto, no se entiende un guión como el de ayer, tan decididamente favorable a las pretensiones de los secesionistas.

No se entiende, Majestad, que el Gobierno careciera de un plan B para afrontar un escenario del que muchos venían advirtiendo. No se entiende que se ordenara a policías y guardias civiles que aparecieran tardíamente en los centros de votación ilegal cuando estos ya habían sido ocupados por centenares de personas. No se entiende que se siguiera confiando en el jefe de los Mossos pese a los clamorosos casos de deslealtad ofrecidos en las últimas semanas. No se entiende que un puñado de secesionistas pudiesen burlar a los servicios nacionales de inteligencia y mantener escondidas las urnas fabricadas en China durante semanas. No se entiende la infame política de comunicación del Gobierno, que permitió a los sediciosos la gestión y el control de las imágenes e informaciones que inundaron los periódicos e informativos de todo el mundo. No se entiende que pese al mastodóntico gasto público en cargos de confianza, analistas, expertos y asesores, el responsable de la sedición le metiese al Estado, antes del minuto uno del partido, un gol por toda la escuadra, al anunciar unas tramposas reglas electorales que el Gobierno de Rajoy no había previsto. No se entiende que se ordenara a las dos de la tarde la retirada de policías y guardias civiles luego de haberlos expuesto al linchamiento de la prensa internacional. No se entiende el despliegue de policías y guardias civiles trasladados a Cataluña para que al final no se lograra el objetivo de impedir que se votara. No se entiende que tanto Rivera como Rajoy nos dijesen por la noche que el referéndum no se había celebrado, en contra de lo que todos habíamos visto. No se entiende que mintieran cuando asumieron el solemne compromiso ante la sociedad española de que no iba a haber otro 9-N. Ni colegios abiertos. Ni urnas. Ni papeletas. No se entiende que Rajoy aún dude sobre la conveniente respuesta que debe dar un estadista a la más que segura declaración de independencia dentro de unas horas, salvo que el Reino de España esté siendo gobernado por un traidor o un cobarde. Pero sobre todo, Majestad, no se entiende que se ordenase a los agentes que evitaran una votación ilegal, cuando los principales responsables de la rebelión contra el Estado votaban impunemente y daban ruedas de prensa, previo pago, en el set del mismo empresario que reunió en una cena privada a Pablo Iglesias y Oriol Junqueras.

Ignoro si estaremos aún a tiempo de revertir una situación caótica a la que se ha llegado por la traición de los representantes del Estado en Cataluña, la cobardía de Rajoy y la división ideológica de los españoles. Lo que no ignoro es que la brecha abierta por los sediciosos hoy es más ancha que ayer; que Puigdemont se ha pavoneado esta misma mañana, ante la prensa del mundo, de haber logrado sus objetivos, que el Gobierno del Reino de España sigue sin decir ni hacer nada, que los partidos de la oposición no están a la altura del momento histórico y que usted parece un simple convidado de piedra.

De lo que suceda en los próximos días dependerá que su reinado pase a la historia como el de la derrota del Estado y la ruptura de la unidad de España, que usted institucionalmente representa. Y que tenga que juzgar como proféticas las palabras de mi abuelo, héroe de la División Azul, cuando decía que “gracias a Dios me hice monárquico antes de conocer a los Borbones”.

Postdata: ¿Piensa usted retirarle el título al conde de Godó como hizo con su hermana? ¿Cree que el dueño de La Vanguardia, al servicio permanente de la rebelión de Puigdemont contra el Estado, se ha comportado con la lealtad y la dignidad que se exige a quienes disfrutan de un privilegio nominativo? ¿Imagina a su padre condecorando al director de El Alcázar tras los hechos narrados del 23 de febrero?

A. Robles.

Criticón Digital