TABARNIA

Las sesiones de las Constituyentes me atraían, y las más de las tardes las pasaba en la tribuna de la prensa, entretenido con el espectáculo de indescriptible confusión que daban los padres de la Patria. El individualismo sin freno, el flujo y reflujo de opiniones, desde las más sesudas a las más extravagantes, y la funesta espontaneidad de tantos oradores, enloquecían al espectador e imposibilitaban las funciones históricas. Días y noches transcurrieron sin que las Cortes dilucidaran en qué forma se había de nombrar Ministerio: si los ministros debían ser elegidos separadamente por el voto de cada diputado, o si era más conveniente autorizar a Figueras o a Pi para presentar la lista del nuevo Gobierno. Acordados y desechados fueron todos los sistemas. Era un juego pueril, que causaría risa si no nos moviese a grandísima pena.

Presidiendo un Consejo de Ministros, harto de debates estériles, llegó Estanislao Figueras a gritar en catalán: «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!».

Así narraba Benito Pérez Galdós el día a día de la Primera República Española, una república federal democrática que terminó con el cantolanismo suicida y fratricida del ¡VIVA CARTAGENA! y con el general Pavía entrando a caballo al Congreso de los Diputados.

¿Ha cambiado algo en esta nación cainita que Dios nos regaló para nuestro solaz y no para que nos matásemos unos a otros? No, no ha cambiado nada.

Hubo días de aquel verano en que creíamos completamente disuelta nuestra España. La idea de la legalidad se había perdido en tales términos que un empleado cualquiera de guerra​ asumía todos los poderes y lo notificaba a las Cortes; y los encargados de dar y cumplir las leyes desacatábanlas sublevándose o tañendo a rebato contra la legalidad. No se trataba allí, como en otras ocasiones, de sustituir un ministerio al ministerio existente, ni una forma de Gobierno a la forma admitida; tratábase de dividir en mil porciones nuestra patria, semejantes a las que siguieron a la caída del califato de Córdoba. De provincias llegaban las ideas más extrañas y los principios más descabellados. Unos decían que iban a resucitar la antigua coronilla de Aragón (sic), como si las fórmulas del derecho moderno fueran conjuros de la Edad Media. Otros decían que iban a constituir una Galicia independiente bajo el protectorado de Inglaterra. Jaén se apercibía a una guerra con Granada. Salamanca temblaba por la clausura de su gloriosa Universidad y el eclipse de su predominio científico [...] La sublevación vino contra el más federal de todos los ministerios posibles, y en el momento mismo en que la Asamblea trazaba de prisa un proyecto de Constitución, cuyos mayores defectos provenían de la falta de tiempo en la comisión y de la sobra de impaciencia en el gobierno.

La creación virtual de TABARNIA, como contrapeso al nazicatalanismo, nos retrotrae a los periodos más tenebrosos de la historia de nuestra malhadada nación: la España cainita e insolidaria de siempre. Las taifas del califato, los cantones de la 1ª República, las proclamas independentistas de la 2ª República; la fragmentación de la nación hasta límites insospechados, la creación de la república independiente de mi habitación.

Yo, por mi parte, ante la indiferencia de algunos y el odio de otros, que ven como inevitable y deseable destruir mi gran nación española, hago mío el certero refrán español: "Julepo yo, julepe Dios".

TABARNIA es una invención, como la república catalana. Es una realidad virtual que ha tardado en hacerse real una semana, 300 años menos que lo que tardó la entelequia de la república catalana.

TABARNIA es la España catalanista, la Cataluña españolista, las buenas personas de Cataluña. 

Si mi patria ha de ser desmembrada, hay que desmembrar las ficticias patrias de los demás hasta que se conviertan en sémola de naciones y grito con todas mis fuerzas: 

 

¡VIVA TABARNIA!

 

 

Criticón Digital