españa llora

Vinieron los sarracenos

y nos molieron a palos,

que Dios ayuda a los malos

cuando son más que los buenos.

«Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna, y mi Dios un dios, el de Nuestro Señor Don Quijote, un dios que piensa en español y en español dijo: “¡Sea la luz!, y su verbo fue verbo español…”». 

YO AMO CON EXALTACION A MI PATRIA, Y ANTES QUE A LA LIBERTAD, ANTES QUE A LA MONARQUÍA, ANTES QUE A LA REPÚBLICA, ANTES QUE A LA DEMOCRACIA, PERTENEZCO A MI IDOLATRADA ESPAÑA.

Descendieron de sus bancadas entre vaharadas de azufre, embutidos en sus mandiles blancos, jaleados por un desfile de majoretes con aspecto de súcubos. Sabiéndose contemplados por el Ojo de Horus que-todo-lo-ve, rindieron pleitesía con grotescas genuflexiones al gran Bafomet, dios de logias y akelarres, señor del Kaos con el que pretenden acabar con una sociedad degradada a punto para el desguace, con un país en almoneda, sometido a un holocausto sociata-separata como jamás se vio en la historia.

Desde el año 75 han ocupado los centros de enseñanza, los medios de comunicación, las universidades, la industria del entretenimiento, los libros de historia, las bancadas del Congreso, las calles y las redes sociales, la mente y el alma de un pueblo que, patriota en el 75, se ha degenerado a una velocidad y con una magnitud absolutamente pasmosas, hasta devenir en un colosal aprisco de borregomatrix, en unos corderos silenciosos listos para el degüello, que contempla el desmoronamiento de los muros de la patria entre telemierdas y terracismo cervecero.

Pero ya basta, basta ya de historia y de cuentos porque, españoles, en esta hora decisiva de la Patria, es hora ya de echarse a las calles y plazas, y pasearnos a cuerpo, y mostrar que, pues somos españoles, defendemos lo que es nuestro, como hemos hecho siempre con arrojo y valor cada vez que nuestra Patria era amenazada por enemigos, internos o externos.

Ahí están los nuevos mamelucos, los milicianos regurgitados por una dictacracia totalmente ominosa, que se han lanzado al monte para arrasar nuestros solares. Españoles, es la hora de protagonizar otra Covadonga, otro 2 de mayo, cargando contra ellos al grito de «¡No pasarán!».

La Patria nos necesita, su voz lastimera debe ser un aldabonazo en nuestras conciencias, una arenga para que, con la cara pintada de rojigualda, nos lancemos a la calle de una vez, todos a una, para pedir la dimisión de este gobierno traidor, exigiendo la convocatoria de elecciones generales, en un tremolar irresistible de banderas, en una marea rojigualda que a los infiernos haga temblar, gritando nuestra legendaria consigna: «¡Santiago y cierra España!».

Españoles: en esta hora trágica de nuestra Patria, como decía Antonio Campmany, todos debemos ser soldados.

«Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna, y mi Dios un dios, el de Nuestro Señor Don Quijote, un dios que piensa en español y en español dijo: “¡Sea la luz!, y su verbo fue verbo español…”». (Miguel de Unamuno, en Niebla, capítulo XXXI).

Os permito, tolero, admito que no queráis a la República pero no os permito, tolero, admito, que no queráis a España». (Discurso de Manuel Azaña a sus seguidores de izquierdas, el 18 de julio de 1936).

«Aquí, sentimientos de la vida, hogar, familia, afectos, oración en los labios, ideas en la mente, desde el alimento que es grato al paladar hasta la obra de arte que nos abre las puertas de lo infinito, todo esto lleva en sí, como el árbol la savia, el jugo de la tierra española.

Yo quiero ser español y sólo español; yo quiero hablar el idioma de Cervantes; quiero recitar los versos de Calderón; quiero teñir mi fantasía en los matices que llevan disueltos en sus paletas Murillo y Velázquez; quiero considerar como mis pergaminos de nobleza nacional la historia de Viriato y la del Cid; quiero llevar en el escudo de mi Patria las naves de los catalanes que conquistaron a Oriente y las naves de los andaluces que descubrieron el Occidente; quiero saber de toda esta tierra que aún me parece estrecha, sí; de toda esta tierra tendida entre los riscos de los montes Pirineos y las olas del gaditano mar; de toda esta tierra ungida, santificada por las lágrimas que le costara a mi madre mi existencia; de toda esta tierra redimida, rescatada del extranjero y de sus codicias por el heroísmo y el martirio de nuestros inmortales abuelos.

Y tenedlo entendido de ahora para siempre: YO AMO CON EXALTACION A MI PATRIA, Y ANTES QUE A LA LIBERTAD, ANTES QUE A LA MONARQUÍA, ANTES QUE A LA REPÚBLICA, ANTES QUE A LA DEMOCRACIA, PERTENEZCO A MI IDOLATRADA ESPAÑA.

Y me opondré siempre, con todas mis fuerzas, a la más pequeña, a la más mínima desmembración de este suelo, que íntegro recibimos de las generaciones pasadas, que íntegro debemos legar a las generaciones venideras y que íntegro debemos organizar. Y vuestro movimiento es una amenaza insensata a la integridad de la Patria y al porvenir de la Libertad». (Extracto del discurso que pronunció Emilio Castelar el 30 de julio de 1873, ante las amenazas de disgregación nacional provocadas por los cantonalismos de la primera República).

«No: digan cuanto gusten derrotistas y augures pusilánimes, el ímpetu de nuestra raza no se extingue fácilmente. Padecerá eclipses, atonías, postraciones como las han padecido otros pueblos. De su letargo actual, contristrador y deprimente, se levantará algún día, cuando un taumaturgo genial, henchido de viril energía y clarividente sentido político, obre el milagro de galvanizar el corazón desconcertado de nuestro pueblo, orientando las voluntades hacia un fin común: la prosperidad de la vieja Hispania […] No es éste tiempo de estarse con los brazos cruzados el que puede empuñar la lanza, ni con la lengua pegada al paladar el que puede usar el don de la palabra para instruir y alentar a sus compatriotas. Nuestra preciosísima libertad está amenazada, la patria corre peligro y pide defensores: desde hoy todos somos soldados». (Antonio Capmany y Montpalau, En su obra «Centinela contra los franceses»).

El día 15 de noviembre de 1930, Ortega y Gasset publicó en «El Sol» el legendario artículo «Delenda est Monarchia», que tanto contribuyó al advenimiento de la República. En este tiempo de tinieblas que vive nuestra Patria, algunos de sus párrafos pueden servir como arenga, como catilinaria para hacer un llamamiento al despertar de nuestro pueblo, como soflama patriótica que convoque a la defensa de nuestra identidad y unidad:

«La reacción indignada de España empieza ahora, precisamente ahora, y no hace diez meses. España se toma siempre tiempo, el suyo […] Hemos padecido una incalculable desdicha. La normalidad que constituía la unión civil de los españoles se ha roto. La continuidad de la historia legal se ha quebrado. No existe el Estado español.

¡Españoles: reconstruid vuestro Estado!

[…] Somos nosotros, y no el Régimen mismo; nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado ya no existe! ¡Reconstruidlo!».

Sí, españoles: Vuestra Patria ya no existe: ¡Reconstruidla!

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