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Otra vez ha quedado demostrado que el centro derecha español, cuando se fragmenta como en el caso de la pasada legislatura y no purga a sus dirigentes chorizos, desactiva a su gente y se cierra el camino a La Moncloa.

Estoy seguro de que el tremendo puñetazo que recibió el miércoles mientras paseaba por una calle de Pontevedra y los insultos que le dedicó Pedro Sánchez el lunes frente a las cámaras de televisión en el debate a dos habrán sido menos dolorosos para Mariano Rajoy que el golpe de las urnas, amplificado por un desfonde de Ciudadanos al que los propios populares contribuyeron en la campaña pese a saber que Albert Rivera era su única opción para sumar.

Las cosas no han funcionado como esperaba el Partido Popular, que confiaba en una carambola entre el voto útil, el indeciso y el oculto para acercarse a ese 30% mágico. Sí, ha ganado las elecciones, y ésa es la consigna que repitieron toda la noche, desde la primera vez que Pablo Casado se puso ante las cámara, cuando aún sólo tenían los dos sondeos a pie de urna. Pero no es consuelo.

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Especialmente para Rajoy, consciente de que no poder gobernar sería el principio del fin de sus días como presidente del partido. Quien gana las elecciones debe intentar formar gobierno. Yo voy a intentar formar gobierno y creo que España necesita un gobierno estable (...). Iniciamos una etapa que no va a ser fácil pero en las dificultades es cuando se ve a los políticos de verdad", señaló desde el balcón de Génova 13 con cierto tono melancólico.

Todo indica que será el primer presidente del Gobierno electo que no consigue gobernar una segunda legislatura. Con el agravante de que venía de una mayoría absolutísima de 186 escaños

Nadie tenía dudas de que el PP iba a ser la fuerza más votada, ninguna encuesta se había atrevido a contradecir tal cosa. Pero sus 123 diputados -4,3 millones de votos menos que en 2011- se antojan insuficientes para que Mariano Rajoy siga en La Moncloa los próximos años porque con los 40 de Albert Rivera no salen los números. Todo indica que será el primer presidente del Gobierno electo que no consigue gobernar una segunda legislatura. Con el agravante de que venía de una mayoría absolutísima de 186 escaños. 

Es verdad: desde 1977, el presidente del Gobierno siempre ha salido de entre los diputados del partido más votado en las elecciones. De los once comicios generales celebrados (sin contar los de este domingo), en seis de ellos el presidente del Gobierno que fue elegido sólo había obtenido mayoría simple, aunque la más exigua de ellas, la de José María Aznar de 1996, fue de 156 diputados, muy superior a la que el PP tuvo este domingo.

Muchas cosas han cambiado en la política. Así, tras los resultados obtenidos por Podemos y PSOE, la hipótesis de un bloque de izquierdas para formar Gobierno es a estas horas la opción más factible. Por mucho, lógicamente, que se vayan a escuchar estos días razones de peso contra “pactos de perdedores” forjados para liquidar al PP, y de la necesidad de respetar la lista más votada. Ya fueron abonando ese discurso los populares en campaña por lo que pudiera pasar. Pero será clamar en el desierto. 

Ver la cara de circunstancias de los políticos populares en Génova 13 muestra la amarga victoria que viven hoy. Más amarga aún que la de las elecciones municipales y autonómicas, mucho más. Los votos de Ciudadanos, que se ha quedado sin resuello en los últimos metros, no sirven para que Rajoy y Rivera alcancen juntos los 176 escaños que convertiría en inaccesible su eventual pacto en el Congreso de los Diputados. Otra vez ha quedado demostrado que el centro derecha español, cuando se fragmenta, como ha ocurrido lamentablemente a lo largo de la pasada legislatura, desactiva a su gente y se cierra el camino que lleva a La Moncloa.

De poco ha servido que haya habido casi unanimidad a la hora de enjuiciar la buena campaña del PP. Al final, como habían venido mostrando los procesos electorales desde las elecciones europeas, una parte de los españoles le ha pasado una enorme factura a Rajoy, a quien ha responsabilizado personalmente de la lejanía de los populares en los momentos más duros de la crisis. Y ni siquiera la percepción de que hemos dado la vuelta a la esquina para afrontar la recuperación económica ha sido suficiente incentivo para propulsarlo hasta un número de diputados que borrase las ganas de sus adversarios de desalojarlo del poder. Todo ello sin olvidar la gran rémora para el PP que ha supuesto la corrupción, que lo tiene maniatado por no afrontar de una vez y a fondo una regeneración que ya no puede esperar más. 

En sentido inverso, la izquierda vive desde hace años metida de lleno en un proceso de refundación. Y esta carrera electoral del 20-D ha sido asumida por los seguidores de sus distintas fuerzas como un proceso de primarias. Pablo Iglesias y Pedro Sánchez han librado una batalla a cara de perro a lo largo de la campaña para ver quién es el que está en mejores condiciones de quedarse con las llaves de la casa común de la izquierda los próximos años.

Lógicamente, el resultado obtenido por Podemos y PSOE no cierra su competencia, que aparentemente va para largo, incluso con protagonistas diferentes. Pero sí les obliga a colaborar en primera instancia si desean sellar el pacto que lleve a uno de ellos (o a los dos) a fotografiarse en las escaleras de La Moncloa en el mes de enero. 

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