¡JOVEN ESPAÑOL ÁRMATE Y DEFIENDE TU NACIÓN, CONTRA AQUELLOS QUE QUIEREN DESTRUIRLA!

- Canta, oh musa, la cólera de España; cólera funesta que causará infinitos males a las hordas antiespañolas y anticatólicas del NOM, y que precipitará al Hades a muchos de sus lacayos, a quienes hará presa de perros y pasto de aves ―se cumplirá así la voluntad de Dios―.

Proclamad, gloriosos antepasados de nuestra Patria, la furia española, que como una irresistible marea debe levantarse para arrojar a los abismos a los enemigos de nuestra Patria; que como una tormenta perfecta está llamada a incendiar los horizontes de campos y ciudades con los majestuosos colores de nuestra alma rojigualda.

Furia española, que pasará de boca en boca, de corazón a corazón, transmitiendo la consigna incendiaria «¡A mí la bandera, Manolo, que los arrollo!».

En el fondo de esta noche de Walpurgis que nos viene desde más allá del Ebro, los españoles hemos de talar el árbol del silencio, y gritar tan alto que se nos oiga en la luna y más allá.

En esta noche nochera que se ha abatido sobre nosotros con su lluvia de sapos, sus ríos de sangre y sus plagas de langostas cuatribarradas; en esta noche estelada no debemos escribir nuestros versos más tristes, aunque tiemblen los faroles de la calle, aunque las jaurías secesionistas intenten romper las copas de nuestra madrugada, las majestuosas vidrieras de nuestra historia.

¡Entra España! Echa a la calle a tus tercios valerosos: con su valor reconstruye los muros derruidos, y con su trompetería y sus tamborradas levanta en pie de Patria a los campos de soledad, para que florezcan los mustios collados, y vuelvan a la vida tus guerreros indomables, resucitados de los valles donde reposan los caídos, de las cruces por Dios y por España, de la memoria de nuestros padres y abuelos, de las epopeyas que por el imperio nos llevaron hacia Dios.

Porque éstos, Fabio, ¡ay, dolor!, que ves ahora, secarrales donde las mesnadas separatistas y de ultraizquierda entran con su fanfarria antiespañola, persiguiendo, acosando, amenazando, agrediendo todo lo español, como cuatreros arrasando un poblado de Arizona… estas ciudades ―ay, dolor― que ves ahora sometidas al Señor del Kaos, invadidas por los caballos de Troya de las oligarquías globalistas que quieren arrancarnos nuestro corazón rojigualda para ofrecerlo el sacrificio al señor del NOM… porque esta Patria traicionada, engañada, mancillada y ultrajada durante 40 años por los siervos de Bilderberg, ujieres del separatismo y la cristianofobia… porque estos páramos devastados fueron un día fue solar imperial de acrisoladas virtudes, estandarte de la fe, caudillo de las más excelsas tradiciones de nuestra civilización.

Canta, oh musa, y despierta la cólera de nuestro pueblo, para que sus multitudes silenciosas lancen un grito unánime de «¡Viva España!» que a los infiernos haga temblar, que haga surgir el sol tras los mustios collados, para que esa aurora esplendorosa apague sus esteladas. Despierta a musas como María Malasaña, como Agustina de Aragón, que infrinjan una derrota ignominiosa a sus Pasionarias, a sus Anna Gabrieles, a sus Ritas, Carmenas y Colaus.

Mucho tiempo ―40 años― hemos sido engañados y traicionados, y ahora han desencadenado su avalancha final, su blitzkrieg, cuando sus panzerdivisonen de separatistas y ultraizquierdosos han lanzado sobre nuestra historia, nuestros valores, nuestras tradiciones, y nuestra geografía el Armageddón con el que el globalismo quiere descuartizar nuestra Patria.

Han venido con su diabólico polstergeist porque el mundialismo quiere destrozar los Estados-nación para implantar su dictadura tecnocrática y su religión única mundial, y, para ello, nos han visto cómo la víctima perfecta, ya que, al contar en nuestro suelo con los separatismo vasco y catalán, creyeron que éramos pan comido, y sería fácil acabar con nosotros, y que después exhibirían éste experimento triunfal ante otros países europeos, invitándoles también a autodestruirse, imitando el ejemplo de España.

Pero en España todo cerdo tiene su sanmartín, todo Búcar tiene sus Navas de Tolosa, todo Napoleón tiene su Bailén, y todo Largocaballero tiene su batalla del Ebro. Y todo NOM debe tener su Armageddón, una parusía en la que nuestra raza despeñe a sus tropas separatistas y anticatólicas por las barranqueras del Tártaro.

Mucho tiempo hemos sido engañados, sí, pero, si hemos llegado esta pavorosa situación, no ha sido sólo por culpa de los políticos vendidos a Bilderberg, de los corruptos, de los sediciosos, de los coletudos, de los perrofláuticos, de los milicianos de nuevo cuño, de los sáncheces impresentables, de los Rajoyes socialdemócratas, de las feminbolleras, del orgullo LGTBI, de las asaltacapillas, de los quemabanderas y silbahimnos, de los Willytoledanos y cía… no: la culpa ha sido nuestra, de un pueblo que les ha consentido todo, que se ha dedicado a rendir culto al dios del consumo en los templos comerciales, a terracear comodonamente, a mirar para otro lado, a votarles para que desde sus poltronas conspiren al alimón para la destrucción de nuestra Patria.

Hemos aguantado mucho, hemos soportado sus corruptelas y trapacerías, sus traiciones y felonías; hemos consentido que todos los gobiernos de la «democracia» financiasen y confiriesen todo tipo de privilegios a vascos y a catalanes, entregándoles el arma de destrucción masiva de la educación y los medios de comunicación; hemos aplaudido el troceamiento de nuestro país en 17 reinos de Taifas, nidos de enchufismos, ruina de los valores patrios, agujeros sin fondo de deudas gigantescas, madrigueras de caciques y personajillos neofeudales que hacen un cortijo de nepotismo de nuestros solares patrios…

Hemos permanecido impasibles ante las pitadas a nuestro himno, ante la quema de nuestras banderas, ante la consideración de la Hispanidad como un genocidio, ante la vituperación de nuestra gloriosa Reconquista ―mientras los impresentables hispanófobos alaban el Islam, anteponiendo su cultura a la civilización cristiana que les venció―; una quinta parte de nuestro pueblo vota a fantoches coletudos que califican a nuestro himno de pachanga fascista; hemos fabricado con nuestros votos un Congreso en el que más de la mitad de los diputados quieren romper nuestra Patria; hemos soportado sin hacer nada a Turriones, Rufianes, Tardás y Cañameros, a los que damos de nuestros impuestos 100.000 € al año para que nos insulten, se burlen de nosotros, y defequen en todo lo hispano; hemos sabido con toda certeza que los catalanes, un día u otro, iban a organizar su golpe de Estado contra nuestra Patria, y nos hemos quedado mirando las musarañas, ahítos de telebasura y fútbol.

Si, creímos que eso era la democracia: votar para que otros te resuelvan los problemas. Y ahora se nos viene Cataluña encima, y nos sentimos traicionados y solos ante el peligro, porque los políticos vendidos todos al NOM nos han tomado el pelo; porque nuestros jueces lo archivan y sobreseen todo, ya que en España no existen deberes, sino únicamente la libertad de expresión, la diosa de las blasfemias, de los insultos, de la hispanofobia, de la cristianofobia, de la LGTBI, ya que a su amparo todos los delitos quedan totalmente impunes; Circe maligna devoradora, que convierte a los españoles y católicos en cerdos fascistas para sus noches de cuchillos largos y de cristales rotos, para sus noches toledanas, para sus infiernos de cobardes.

También nos abandonó la Iglesia, que pide un «espacio de fraternidad», y habla con las mismas palabras de los podemitas: fraternidad, libertad y paz. Es decir, casualmente lo mismo que la masonería.

Algunos dirán que tenemos la excusa de que hemos sido un pueblo sometido a un descomunal lavado de cerebro, como nunca se ha visto otro, ya que, de ser el pueblo más católico del mundo, hemos pasado a la descristianización más atroz; de ser el pueblo más gallardo, heroico y valeroso, nos hemos convertido en un rebaño de borregos que miran indiferentes a sus verdugos; de ser el pueblo que conquistó el mundo, hemos pasado a ser brutalmente arrollados por las luciferinas, antiespañolas y anticatólicas hordas del NOM, puño en alto y coleta al viento, que marchan bajo sus estandartes estelados, con sus cascos barretinados que ya pueden imaginarse lo que ocultan.

Ingeniería social apoteósica, que ha hecho que un país que gritaba y coreaba durante 40 años multitudinariamente «¡Viva España! ¡Arriba España!», sea ahora un muladar, una ciénaga inmunda donde muchos de los nuestros se sienten «ciudadanos del mundo»; donde solamente un 16% de nuestra juventud lucharía por defender nuestra Patria; donde nuestra gloriosa bandera se considera un símbolo facha; donde la bandera del águila de San Juan, ―bajo cuyas alas España tuvo la época más próspera y pacífica de nuestra historia; la más enraizada en nuestros valores y tradiciones, la más fiel a nuestra historia― está fuera de la ley; donde no podemos estar cara al sol con nuestro corazón rojigualda.

Pero también quisieron lavarnos el cerebro durante la República luciferina, cuando los milicianos que acosaban, agredían, mataban, violaban y perseguían a los católicos pretendían hacerse pasar por demócratas, por luchadores de la libertad. Sin embargo, la España de siempre se puso en pie de guerra, cargamos una vez más contra los mamelucos, y les dimos la más ignominiosa de las derrotas.

Ante nuestros genes diseñados en el valor, la gallardía, el heroísmo, la catolicidad y el patriotismo, no hay lavado de cerebro que valga, no hay NOM que nos pueda someter. Pero, ¿conservamos todavía nuestro ADN, o la progresía que ha adoctrinado a nuestros hijos en la escuela laica, y que nos ha programado para ser corderos a través de la historia falseada, de telemierdas y medios de comunicación vendidos al globalismo, nos han borrado quizás las huellas de nuestra esencia española?

Somos los únicos culpables del caos que vive nuestra Patria, con los catalanes ciscándose en nosotros, con los vascos afilando sus cuchillos, con Valencia y Baleares ejecutando la siniestra lobotomización en pro del nacionalismo pancatalán sin que nadie haga nada por conjurar la amenaza, con Navarra ―antaño enaltecida por el glorioso requeté― convertida en cueva de etarras, con el impresentable Sánchez promocionando la «nación galega», con el energúmeno de Rufián hablando del derecho a decidir de Andalucía y Castilla…

Ni los políticos, ni los jueces, ni el ejército, ni la Iglesia, ni el «Sursum Corda» harán nada, porque nadie nos salvará. ¿Qué haremos, entonces, al ver nuestra Patria en llamas? 

Porque hemos sido despertado bruscamente de nuestra letargia, y los patriotas nos encontramos ahora de bruces ante la ominosa realidad. Nos encontramos en la misma situación que aquel hombre que iba conduciendo una madrugada por una carretera solitaria que atravesaba un paraje desértico y despoblado. El frío era intenso, la lluvia caía como una espesa cortina, y el viento ululaba y retumbaba contra las ventanillas del coche. De repente, se oyó un pequeño estallido, y el hombre se temió lo peor: acababa de pinchar una rueda.

Protegiéndose de las inclemencias del tiempo, bajó a comprobarlo: efectivamente, había pinchado una rueda delantera. Desolado ante aquella adversidad, mojado hasta los huesos, cansado y temblando de frío, exclamó: «Ahora no puedo cambiar de canal… esto es la realidad».

Si, españoles, esta es la dura realidad: España está en llamas, y demanda nuestro auxilio.

Posiblemente ahora, ante la gravedad de la situación que vive España, hagamos ondear nuestras banderas, saldremos a la calle, gritaremos nuestra españolía. Pero, ¿y después, qué? ¿Seguirán en nuestros ayuntamientos los carteles de «Refugees welcome», sin que hagamos nada para erradicarlos? ¿Seguimos consintiendo el adoctrinamiento en la LGTBI de nuestros hijos, sin hacer nada? ¿Continuaremos aguantando que asalten nuestras capillas, que profanan nuestras iglesias? ¿Seguiremos soportando impávidamente que las turbas perrofláuticas escracheen nuestro Congreso? ¿Toleraremos que el Gobierno recompense a los golpistas con más prebendas, más dinero y más autonomía? ¿Continuaremos consintiendo cobardemente los ataques de separatistas y bolivarianos a nuestras tradiciones, nuestros valores y nuestras costumbres?

No, españoles, la lucha contra los separatistas catalanes no será sino la primera batalla, porque después la lucha debe continuar.

Como dijo nuestro héroe Blas de Lezo, «una nación no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden». Así que, ahora y siempre, cantemos nuestra cólera con el grito que derrotó al mismísimo Satanás: "¡Entra España!".

Criticón Digital