SEAT

Toda revolución necesita sus eslóganes, sus mantras, sus consignas, frases donde se concentra el mensaje esencial del lavado de cerebro con el que la élite dirigente de toda subversión crea sus zombies, sus milicianos, sus fuerzas pretorianas, sus carnes de cañón, las mesnadas robotizadas con las que tomar las calles, asaltar Bastillas y Palacios de Invierno, cruzar Rubicones, motinear Granjas o Aranjueces, invadir Puertas de Sol o de San Jaume. Como es necesario exagerar para enardecer los sentimientos y las emociones de las masas aborregadas, esas consignas suelen consistir en monumentales mentiras y alevosas exageraciones, pues la mentira sabiamente dirigida impacta más, moviliza más intensamente las pasiones de las masas ignorantes.

La mentira catalana ―fun,fun, fun― que ha sido el estribillo de la sedición catalanita ha sido «Espanya nos roba», ya que «la pela es la pela», y de todos es conocida la proverbial codicia de los catalanes, capaces de lanzarse a las barranqueras del Tártaro para rescatar un vulgar maravedí.

En el fondo de esa frase laten dos creencias más falsas de Judas: en primer lugar, la idea de que pagar impuestos cuya cuantía depende del nivel de renta es un robo, pues desde que el mundo es mundo las Haciendas se han fundamentado en la idea de que quien más tiene, más debe pagar, lo cual tiene una lógica que nadie, aunque no sea economista, puede discutir.

Según esta idea, Gerona, Tarragona y Lérida roban a Barcelona, la provincia más rica; e incluso podemos decir que los barrios pobres de Barcelona roban a los barrios ricos.

La segunda premisa que subyace en la frasecita es ya más claramente catalana, pues viene decir que los españoles robamos a los catalanes porque somos unos vagos, unos paletos, unos vulgares magrebíes casposos que queremos vivir de la sopa boba, mientras ellos, los emprendedores, ingeniosos e inteligentes catalanes-daneses, producen riqueza con sudor, creatividad, riesgo y esfuerzo. Es decir, que ellos constituyen una raza superior, dotada por la Providencia con unas habilidades especiales para producir riqueza, que han tenido el nefasto karma de tener que mantener a un país mugriento y cochambroso, de charanga y pandereta, devoto de Frascuelo y de María, atrasado y rancio, cruelmente taurino, y aflamencado de faralaes y castañuelas.

Sin embargo, la historia de quién roba a quién es bien distinta, hasta el punto de que la verdad es precisamente la contraria: «Catalunya ens roba».

El robo descarado y alevoso con el que los catalanes se han enriquecido a costa del atraso económico del resto de España ―excepto Las Vascongadas― se ha basado en la concesión sistemática de monopolios comerciales e industriales a la economía catalana, prácticas que han ultraprotegido a sus productos, política que promovió de tal manera la industrialización monopolística de Cataluña, que esta región era acusada durante el siglo XIX de robar y expoliar al resto de los españoles, y tratarlos como colonias. ¿les suena esto de algo? El mundo al revés.

Sin embargo, no se protegió en absoluto al resto de las regiones españolas de la voracidad monopolística catalana, lo cual contribuyó decisivamente a su escasa industrialización. La historia contiene una verdadera catarata de pruebas en este sentido.

Frente a la versión victimista y manipulada de que la corona de Castilla dejó a Cataluña al margen del comercio con América, el hispanista Henry Kamen afirma que «no sabe si reír o llorar ante tanta insensatez». La realidad histórica es que hasta 1520 bastantes puertos españoles tenían libertad comercial con el Caribe, incluidos los aragoneses. Sin embargo, en 1523 se creó un monopolio estatal que tenía su base en el puerto de Sevilla ―sustituido por Cádiz en 1717―, con la intención de que la flota de Indias, al concentrarse y viajar unida a América, pudiera ser defendida con más eficacia de la amenaza pirata y los ataques de las flotas extranjeras.

Así pues, el monopolio no fue de ninguna manera un privilegio de Castilla frente a la corona de Aragón, cuyos comerciantes estuvieron siempre en pie de igualdad con los castellanos, como se demuestra en una cédula promulgada a tal efecto por Felipe II.

Por si esto fuera poco, Fernando «el Católico» concedió en 1511 a los catalanes plena libertad para mercadear con las plazas del norte de África, cuya conquista y defensa se hacían con cargo a las arcas castellanas. ¿Quién ha robado a quién?

Mas el verdadero despegue económico de Cataluña se produjo con la llegada de los Borbones ―tan denostados por el nacionalismo catalán― después de la Guerra de Sucesión, cuando el comercio catalán aumentó de forma notable su presencia en las rutas transatlánticas, especialmente a partir de la creación de la Real Compañía de Barcelona, corporación privilegiada cuyo objetivo era exportar productos catalanes a los mercados ultramarinos, que llegó a dominar gran parte del comercio de Cádiz, cuyas restricciones monopolísticas sortearon de tal manera, que fueron las presiones de esta Compañía las que llevaron a la promulgación en 1765 y 1778 de los decretos que liquidaban el monopolio andaluz.

Estuvo operativa entre los años de 1755 a 1785, disfrutando del monopolio comercial hasta la derrota de 1898 ―expresado en la Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas de 1882― con las islas caribeñas de Puerto Rico, Santo Domingo y Margarita, y también tenía el derecho a realizar 10 visitas anuales a puertos de Guatemala y Honduras, noreste de Venezuela, y en La Habana.

El producto estrella de la exportación catalana a las Indias fue el «chintz» o «indiana», un estampado sobre tela que, al fabricarse posteriormente con algodón indiano, produjo una decisiva acumulación de capital con el que posteriormente se financiaría la industrialización textil catalana.

Aparte de los pingües beneficios que le dieron a Cataluña sus exclusivas comerciales con América, es fundamental resaltar que otro factor que contribuyó decisivamente a la industrialización catalana fue la disponibilidad de capital que le proporcionó su vergonzoso comercio de esclavos, que disfrutó de manera casi monopolística por concesión de Felipe V. Muchas de las grandes fortunas de los prohombres barceloneses ―entre los que destacan los pertenecientes a la dinastía Güell― se debieron al tráfico de esclavos, que pervivió en España cuando la mayoría de los países lo habían abolido. Durante los treinta años de trata de esclavos legal (1790-1820) se ha podido establecer la presencia de 146 embarcaciones catalanas entradas en Cuba, que constituyen un 7,45% del total y un 24,7% de las españolas.

Para hacernos una idea de cómo perjudicó el proteccionismo de la industria y el comercio catalanes al resto de España, tenemos el ejemplo de Galicia: en 1714, la región gallega Galicia contaba en 1787 con una población de 1,3 millones, frente a 802.000 catalanes, siendo Barcelona un poblacho de 37.000 habitantes. La base de la equilibrada economía gallega era la industria del lino, la cual fue desmantelada debido a la desmedida apuesta de los monarcas borbónicos españoles por la industria del algodón mediterránea ―con sede en Cataluña―, la cual fue mimada y privilegiada con reiterados aranceles proteccionistas que causaron el derrumbe del lino gallego. ¿Quién ha robado a quién?

La industrialización catalana ―desarrollada en el ramo textil fundamentalmente― se produjo a raíz de este proteccionismo. Por poner otro ejemplo, una vara de paño flamenco pasó de costar 2 pesetas a costar 6 pesetas, y de esta manera los paños catalanes ―que costaban 5 pesetas― se podían vender al resto de España. Eso trajo como consecuencia que a la lana y trigo castellanos que se exportaban a Holanda e Inglaterra les aplicasen los mismos aranceles, por lo cual dejaron de venderse. En cuanto a los cereales, una fanega de trigo castellano pasó de costar 10 pesetas a costar 5. Los catalanes compraban el trigo y la lana más baratos y los castellanos compraban los paños más caros. El resultado fue un empobrecimiento de Castilla y un enriquecimiento de Cataluña. ¿Quién ha robado a quién?

Pero no sólo se gravaba con aranceles la importación de productos extranjeros que pudieran competir con los catalanes, sino que la misma monarquía llegó incluso a prohibir la importación de tejidos de algodón: empezó esta política Felipe V en 1718, Rey que además suprimió las aduanas internas entre Castilla y Aragón, mientras que Barcelona conservó sus «derechos de puertas»; en 1771, Carlos III prohibió el uso de vestidos de importación extranjera, y en 1778 también prohibió la importación de un conjunto de productos que pudieran lesionar los intereses económicos de Cataluña. La prohibición del uso de vestidos y adornos extranjeros fue ratificada en el reinado de Carlos III en una real orden del 20 septiembre de 1802. ¿Quién ha robado a quién?

En su «diario de un turista», el novelista Stendhal escribía en 1839 lo siguiente: «Los catalanes quieren leyes justas ―anota―, a excepción de la ley de aduanas, que debe ser hecha a su medida: quieren que cada español que necesite algodón pague cuatro francos la vara, por el hecho de que Cataluña está en el mundo. El español de Granada, de Málaga o de La Coruña no puede comprar paños de algodón ingleses, que son excelentes, y que cuestan un franco la vara».

Esta denuncia muestra a las claras que el proteccionismo español a la industria catalana había convertido al resto de España en un mercado cautivo del textil catalán, cuyas manufacturas eran peores y más caras que las inglesas. Este privilegio intolerable es el que constituye la base de la industrialización de Cataluña, y no el tópico espíritu emprendedor de la burguesía catalana. ¿Quién ha robado a quién?

Se considera al catalán Bonaplata ―nombre bastante sugestivo, por cierto―como el iniciador de la industrialización textil de Cataluña, al cual el navarro Madoz ―afincado en Barcelona― definía como «un gran patriota». Pues tan insigne emprendedor inició sus negocios con una ayuda estatal de 65.000 duros de la época. Así cualquiera.

Ante las continuas acusaciones de monopolio a la industria catalana, el proteccionismo catalán respondía siempre de la misma manera, afirmando que era «por el bien de España» (sic).

En 1820, un diputado catalán afirmaba descaradamente en las Cortes españolas: «Con el sistema prohibitivo del Señor Don Carlos III… se debió que en el año 1898 contase Cataluña con dos mil fábricas de algodón…con las leyes prohibitivas vio Cataluña floreciente su marina mercantil […] Lo que conviene a Cataluña, conviene a todos los españoles, la pobreza de Cataluña arruinaría la España». Martínez de la Rosa respondió denunciando que «Las leyes prohibitivas son una tiranía que obligan a los consumidores a comprar lo peor y más caro».

En la «Enciclopedia Española del siglo XIX», se afirmaba que «Esta industria es el único obstáculo para que se atienda a las justas reclamaciones que 48 provincias pueden alegar contra el monopolio que goza Cataluña […] nuestra inmensa riqueza agrícola sufre entretanto por esta causa, no sólo porque nuestras prohibiciones alejan nuestros admirables productos en los mercados extranjeros, sino porque se distraen muchos capitales de su más lucrativo empleo». ¿Quién ha robado a quién?

La revista «Antología Española», en su Tomo Primero, de enero de 1848, denunciaba que «La organización de la industria algodonera en Cataluña adolece de un defecto capital, de un vicio radical y profundo que subsiste todavía merced al monopolio que tan caro cuesta a las demás provincias».

En el año 1869, en las Cortes, el barcelonés Laureano Figuerola, el introductor de la peseta, defendía el librecambismo en contra de los monopolios catalanes. Esta crítica al proteccionismo fue respondida inmediatamente con la acusación de que el libre cambio era «traicionar a España», y acusaba a sus paisanos de empobrecer a España para enriquecerse ellos.

El 27 de junio de 1869, el diputado extremeño Godínez de Paz discutía con Madoz, sobre los perniciosos efectos que tenía el proteccionismo catalán: «Yo sé que la falta de libertad de comercio es la que tiene en el estado de postración en que se encuentra la riqueza agrícola del país […] Ese privilegio, ese monopolio es el que tiene actualmente a tantas provincias de la nación española en el estado de postración en que se encuentran». ¿Quién ha robado a quién?

La respuesta del barcelonés Victor Balaguer no tiene desperdicio: «Hoy se nos llama monopolistas y amigos del privilegio, no porque defendamos el monopolio y el privilegio, sino porque defendemos al mismo tiempo que los intereses de Cataluña los de todas las provincias de España. Jamás se ha levantado una sola voz en Cataluña para defender sus intereses, que no se haya levantado defender los de toda España».

La apoteosis proteccionista tuvo una excelsa «performance» en 1893, en el teatro Arriaga de Bilbao, escenario de un aquelarre de las burguesías catalana y vasca, las cuales, al grito de «España para los españoles», solicitaron más medidas proteccionistas para sus productos. Porque también hay que señalar que la industria vasca prosperó gracias a la misma política proteccionista, que impidió la industrialización de otras regiones españolas.

Otro testimonio esclarecedor se debe al escritor Vicente Blasco Ibáñez, quien escribió lo siguiente el 13 junio de 1907 en «El pueblo, diario republicano de Valencia»: «Valencia, que ha sido la cenicienta del Mediterráneo, en cuyo puerto impera la más honda miseria por culpa de Barcelona, que lo absorbe todo, que es el verdugo de Levante, que quiere convertir toda España en huevo para tragarse hasta la cáscara; que envía a nuestra ciudad sus productos libremente, sin que sufran ningún impuesto a su entrada; en cambio, las pasas, la naranja y las legumbres valencianas pagan un enorme tributo municipal al entrar en Barcelona; Valencia, cuya agricultura muere por imposición del industrialismo catalán, porque catalanes y vizcaínos han conseguido la confección de unos infames aranceles que nos tapian los mercados internacionales para exportación de nuestra fruta, sometiéndonos a una pérdida anual de más de 100 millones de pesetas, que se traduce en hambre y congoja en el campo, y languidez en la vida comercial de la ciudad». ¿Quién ha robado a quién?

El político liberal Santiago Alba ―Ministro de Hacienda y Estado con Alfonso XIII―trató de terminar con el proteccionismo catalán, impulsando medidas de liberalización. Sin embargo, contó con la oposición de Cambó, quien consiguió que el protagonismo favoreciera solamente a Cataluña. El golpe de Primo de Rivera fue apoyado por la burguesía catalana, y por Cambó, por lo cual continuó con la política de siempre, lo cual convirtió a España, según un estudio De la Sociedad de las Naciones, en el país más proteccionista del mundo.

Aparte de la política proteccionista y monopolística de la industria catalana, durante los siglos XIX y XX Cataluña fue privilegiada con muchas otras concesiones. Por ejemplo, en 1838 se inauguró la primera línea férrea de España, que transcurría entre Barcelona y Mataró; la primera empresa de producción y distribución del fluido eléctrico ―conocida bajo el nombre de Sociedad Española de Electricidad― se creó en Barcelona en 1881, Por supuesto, la primera ciudad española con alumbrado fue también catalana: Gerona, en 1886. ¿Quién ha robado a quién?

Ni siquiera con Franco cesaron los privilegios concedidos a Cataluña: en 1943, se estableció por decreto que solamente en Barcelona y Valencia se podían realizar ferias de muestras internacionales, monopolio que se mantuvo durante 36 años. También fueron catalanas las primeras autopistas que se hicieron en España, por supuesto.

El INI ―Instituto Nacional de Industria― de la España de Franco, organismo que promovía y financiaba el desarrollo industrial allí donde no alcanzaba la iniciativa privada, destinó el 40% de sus proyectos a Cataluña, el 20% a las Vascongadas, otro 20% a Madrid, y el 20% remanente al resto de regiones españolas.

Una de las joyas de la corona del INI fue la fábrica SEAT, que, por supuesto, también se concedió a Barcelona, lo mismo que ENASA, fabricante de los camiones Pegaso, en 1946.

Con los gobiernos democráticos, más de lo mismo, adquiriendo una especial relevancia los Juegos Olímpicos del 92, sufragados por todos los españoles. ¿Quién ha robado a quién?

Otro ejemplo: Felipe González vendió en 1994 la empresa ENAGAS, monopolio de facto de la red de transporte de gas en España, a Cataluña, por un precio 58% menor a su valor real.

Actualmente, Cataluña aporta al Fondo de Solidaridad Interterritorial casi 10.000 millones de euros ―aquí pretende fundamentar su «Espanya ens roba»― mientras que Madrid aporta casi el doble. Sin embargo, la comunidad madrileña no está en bancarrota, ni sus fondos tienen la calificación de «basura» que tienen los catalanes, cuyo desastre económico había que cimentarlo, además de en la crisis económica, en los cuantiosos fondos ―sufragados por todos los españoles― con los que han financiado su demencial carrera secesionista.

El PIB catalán es de aproximadamente 211.000 millones de euros, el 19% del total español. Según esto, le corresponde pagar este mismo porcentaje de la deuda pública española, cifrada en 875.000 millones de euros, cuya cifra resultante es 175.000 millones. A esto hay que añadir los 75.000 millones que Cataluña debe al Fondo de Liquidez Autonómica, que le ha dado nada más y nada menos que 50.000 millones en los últimos cinco años, hasta el punto de que el 33% del FLA va para íntegramente a los catalanes. ¿Quién ha robado a quién?

¿Cuánto dinero nos habrán robado los catalanes a lo largo de toda su mafiosa historia? ¿Cuántos cientos de miles de millones de euros? ¿Qué inimaginable cantidad sería la que pudiera cifrar este alevoso despojo y salvaje latrocinio? en una palabra: ¿cuánto nos deben? ¿Cuándo nos van a pagar sus deudas?

Mimados y protegidos por los Borbones, ahora declaran al rey persona non grata, y queman su imagen; privilegiados por todos los gobiernos de España, ahora queman nuestra bandera, y nos profesan el odio más cerval; saqueadores de nuestra riqueza, explotadores monopolistas, que medraron desvergonzadamente a costa de sumirnos en el atraso y la pobreza, ahora pretenden separarse de España porque durante unos años les ha tocado compartir su riqueza con nosotros, en una cuantía que no sirve ni para devolvernos una ínfima parte de todo lo que nos han robado.

Esta es la historia que debería enseñarse en las escuelas catalanas, la que debería divulgarse por los medios de comunicación y en los libros de historia. Sin embargo, tal cosa no sucederá, porque, según el impresentable, cobarde e inepto Ministro de Educación, no hay ningún conflicto con la educación catalana, ya que los casos de adoctrinamiento que hay son puntuales y concretos.

En cuanto los medios de comunicación, el cobarde gobierno se ha plegado a la exigencia del antipatriótico PSOE, negándose a intervenir los medios de comunicación públicos de Cataluña, especialmente la cueva de independentistas de TV3. Todo va a quedar en un súperdescafeinado 155, escandaloso engañabobos, cósmica engañifa que dejará intactas las estructuras de poder de la conspiración secesionista.

Y así estamos, españoles: robados por catalanes y corruptos, engañados por políticos que nos quieren hacer ver que la lucha del pueblo español es para defender una Constitución que es precisamente la que ha creado el monstruo de los secesionismos, a través de la enorme cabeza de Hidra de unas autonomías que deberían ser borradas desde ya de nuestra historia. Nadie habla de la defensa de la unidad de España, nadie nombra nuestra Patria, y nos quieren hacer ver que todo consiste en la defensa de la legalidad, donde anida el huevo de la serpiente de las autonomías, de las que abomina una parte importante de nuestro pueblo. Por eso, las plataformas patrióticas deberían organizar una campaña de firmas para exigir un referéndum en el que el pueblo español pueda liquidar el cáncer autonómico de una vez.

Sí: Cataluña nos roba, y la Constitución nos engaña. Españoles, todos a una.

Criticón Digital