boicot

Pretender que se puede arreglar en apenas cuarenta días lo que se pudrió a lo largo de más de treinta años es una ocasión perdida que agiganta nuestra convicción de que estamos siendo gobernados por auténticos cobardes.

No es tiempo de circunloquios ni de frases huecas que no dicen nada: nunca nos hemos fiado de los catalanistas.

Nos cabe a los ciudadanos españoles la responsabilidad de pilotar el 155, de forma indefinida, votando contra Cataluña cada vez que dejemos de comprar sus productos. Entre el deshonor y la guerra, Rajoy se decantó por lo primero. Lo hizo en nuestro nombre. Ahora nos toca a nosotros entrar en combate en nombre de nuestra patria: España.

Por su interés transcribo un comentario de alertadigital:

Si hemos llegado al actual punto de rechazo a cuanto representa Cataluña en el contexto de España es porque no hemos sabido decir ‘basta’ a la opción de ponerles la otra mejilla una y otra vez. No es tiempo de circunloquios ni de frases huecas que no dicen nada: nunca nos hemos fiado de los catalanes. No nos gustan. Nunca nos han gustado. Son más falsos que un euro de madera, más traicioneros que el puñal oculto de un yihadista y menos fiables que Falete de socorrista. No todos, claro.

Si de algo ha servido el ‘procès’ es para que se ponga de manifiesto todo el cúmulo de taras mentales y morales que siempre hemos denunciado, a veces en la más absoluta soledad. Como cuando protagonicé el significativo gesto de quemar públicamente una estelada y fui objeto de una brutal campaña de linchamiento mediático, incluidos de medios situados en la órbita de la derecha liberal. Se me dijo de todo por incinerar un símbolo que representa muchos de nuestros actuales males.

Lo que marcaría inevitablemente el resultado de una batalla es que una de las partes combatiese con todas sus efectivos y material de guerra, mientras que a la otra, por contra, lo que le preocupase fuese infringir el menor daño posible al enemigo. Si los separatistas catalanes tendrán más escaños en el próximo Parlament, Ley Electoral aparte, es porque nunca han sentido complejos en proclamar lo que son ni han recurrido a los camuflajes semánticos para ocultar sus vergüenzas. Cuando lo que ayer estaba en juego era la consolidación o no en Cataluña de la idea de España como alternativa a la hegemonía de los separatistas durante décadas, los partidos pretendidamente unionistas no fueron siquiera capaces de calificarse a sí mismos como españolistas, recurriendo a un calificativo relacionado con una Constitución ambigua y difusa por la que pocos españoles, por no decir ninguno, estarían dispuestos a dejarse la vida.

Por otra parte, pretender que se puede arreglar en apenas cuarenta días lo que se pudrió a lo largo de más de treinta años es una ocasión perdida que agiganta nuestra convicción de que estamos siendo gobernados por auténticos cobardes.

Tampoco era mucho el capital humano con el que se contaba. ¿Alguien en su sano juicio puede creer que un tipo tan alocado, tan voluble y tan poco fiable como Iceta podía representar el renacimiento en Cataluña de otra cosa que no fuese más de lo mismo? ¿Se pueden sentir los socialistas sorprendidos por sus malos resultados cuando la propuesta estrella de su candidato no fue otra que mariposear con el posible indulto a los sediciosos catalanes, aún cuando sus delitos se hallan en fase de instrucción? Por otro lado, confiar en un asmático para subir el Everest era más seguro que apostar por Albiol para rascarle un solo voto a los secesionistas.

El problema ya no es sólo Cataluña, sino también la influencia que ejerce Cataluña sobre el resto de España. Mientras los catalanes reinen en nuestras mañanas televisivas, dirijan periódicos madrileños, escriban los guiones de las teleseries más escatológicas y presenten programas radiofónicos de gran eco desde la capital, contrapesos como el nuestro serán insuficientes para evitar la disolución de la conciencia nacional.

Los golpistas han salido fortalecidos de las elecciones catalanas porque el PP y el PSOE dieron a los golpistas todos los medios y ventajas. El 155 supuso tan sólo la convocatoria de elecciones para que nada cambie y estemos tan mal como al principio. O peor aún. Salir a combatir al enemigo sin la voluntad de aniquilarlo te predispone a la derrota, que es loque ha pasado. El Gobierno ha permitido que los separatistas concurriesen a las elecciones con los golpistas encabezando sus listas, con sus estructuras golpistas intactas y con una TV3, al servicio permanente de Puigdemont y dedicada día y noche a la tarea de inculcar el odio a España. ¿Alguien se sorprende que en medio de este escenario los resultados hayan sido los que son?

Acometer la tarea de derrotar al separatismo sin acabar con sus abrevaderos económicos y propagandísticos sólo puede responder al plan deliberado de un cobarde o de un traidor al servicio de alguna logia. Como ha descrito el periodista Pablo Planas, el peculiar sistema escolar de Cataluña es una de esas estructuras por las que el Estado ha pasado de largo a pesar de tener constancia no sólo de los estragos del perverso y enfermizo método de la inmersión lingüística sino de la carga de adoctrinamiento en la superioridad catalana y la derivada del odio a España que predican unos maestros mutados en comisarios políticos desde preescolar hasta la universidad.

Han pasado sólo unas semanas del simbólico acto en el que los directores de instituto entregaron a Puigdemont las llaves de sus centros para celebrar el referéndum ilegal del 1-O. Los siguientes días se dedicaron con extremo celo a inculcar en los críos un rencor ciego y absoluto contra la Policía y la Guardia Civil. Y no es que no les importara que entre los discípulos hubiera hijos de agentes de esos cuerpos, sino que se cebaron especialmente en ellos.

La situación no ha cambiado ni cambiará. Ni se cumplen las sentencias sobre la introducción de una tercera hora de español ni los padres que pretendan hacer valer sus derechos se librarán del señalamiento orquestado por una comunidad educativa infectada por los partidos, por las Administraciones nacionalistas y por unas órdenes religiosas cuyos responsables están en la vanguardia del proceso separatista y parecen gozar a tope con el aplastamiento de los disidentes.

Tampoco van a cambiar los medios públicos y los subvencionados que bombardean las consignas del catalanismo y mantienen un ecosistema informativo en el que un exterrorista como Carles Sastre, condenado por la muerte del empresario José María Bultó, es presentado primero como un “gran reserva del independentismo” y luego como el comprometido líder sindical que monta huelgas de “país” sin que se haga mención a su violento pasado. En la Cataluña mediática, Arnaldo Otegui es un reputado pacifista al que se entrevista con unción, mientras es consideración generalizada que Inés Arrimadas y Xavier García Albiol son unos despreciables seres fachas.

Los intereses de cientos de miles de funcionarios y empleados públicos, así como de cientos de medios y de miles de contratistas de las Administraciones del tres por ciento, dependen del mantenimiento del régimen nacionalista. Frente a semejante ejército, el 155 no ha sido nada. La jefa de campaña de Puigdemont se ha mantenido tan ricamente en su puesto de la Generalidad. El único damnificado ha sido el major Trapero, ahora emérito y al que han dado un despacho sin vistas con un archivador vacío. El 155 ha sido un gatillazo, un espejismo, un anuncio sin contenido que sólo ha servido para poner sobre aviso a más de diez mil apoderados separatistas con instrucciones precisas para dar el pucherazo del siglo.

Pues bien, ante tanta dejación y tanta traición, sólo se me ocurre que el 155 sea mantenido unilateralmente por la población española que no quiere dejar de serlo. Y eso supone atacar al enemigo por su parte más débil: la económica. La burguesía catalana pierde cada vez más poder y no quiere compartir su riqueza -generada en gran parte por lo que vende al resto de España. Esto les llevó a avalar y bendecir el proceso secesionista, aunque ahora muden la piel trasladando sus sedes sociales fuera de Cataluña.

El correctivo debe alcanzar también a populares y socialistas. Sabían que la reinstauración del orden legal en Cataluña antes del 21-D sería prácticamente imposible si no se producía una transformación de las realidades implantadas por el nacionalismo en estas últimas décadas. Una de ellas ha sido la sumisión de TV3 y Catalunya Radio al separatismo. Rajoy ha cometido un error al no actuar en estos medios sectarios para garantizar la libertad de información y su neutralidad política, más que necesarios ante unas elecciones autonómicas que para los separatistas han tenido carácter plebiscitario. La responsabilidad de la Presidencia de España obligaba a Rajoy a tomar las decisiones que exigía la gravedad del desafío al que nos enfrentábamos. No lo hizo y buscó la coartada de un mequetrefe como Pedro Sánchez.

Sólo una lectura positiva de los resultados electorales de ayer más allá de la histórica pero estéril victoria de Ciudadanos: las medias tintas con los sediciosos catalanes se pagan muy caro. Esto excluye la posibilidad de cualquier acuerdo para exonerar a los golpistas de sus responsabilidades penales salvo que el partido que acometa esa locura quiera autoniquilarse. La opinión española está lo suficientemente indignada con los catalanes como para descartar que las actitudes pasteleras con los golpistas no sean contempladas como una intolerable traición. Rodríguez Ibarra ha vuelto a advertir hoy a Pedro Sánchez de que rompa con el PSC de Iceta y apueste por un proyecto nacional, sin ataduras ni mariconadas. Si Rajoy siente la tentación de ceder a las insaciables pretensiones económicas de los partidos que han encumbrado a los golpistas, lo de ayer en las urnas puede ser el frugal aperitivo frente a la ingesta de votos perdidos que le esperaría al PP en toda España.

Entre tanto, nos cabe a los ciudadanos españoles la responsabilidad de pilotar el 155, de forma indefinida, votando contra Cataluña cada vez que dejemos de comprar sus productos. Entre el deshonor y la guerra, Rajoy se decantó por lo primero. Lo hizo en nuestro nombre. Ahora nos toca a nosotros entrar en combate en nombre de lo que más queremos.

 

Criticón Digital