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Es necesario que los patriotas que amamos nuestro país nos comprometamos más, para combatir las amenazas que sufre España por la conspiración radical que atenta contra nuestra identidad y nuestra supervivencia.

Yo era de la derecha tibia, hasta que entendí que eso no bastaba para detener al Atila coletudo y su jauría de los "hunos y los hotros".

Yo creía que mi tiempo de activismo ya había pasado, pero mi indignación contra las bandas antisistema me llevará seguramente a la calle otra vez. Al tiempo.

«Yo era un tonto, y lo que he visto me ha hecho dos tontos».

Yo había escrito libros, pero ningún artículo periodístico, hasta que me decidí a hacerlo para combatir la invasión de los bárbaros que amenaza mi querida Patria.

Yo no solía usar corbata, hasta que entendí que llevarla era algo revolucionario contra los zarrapastrosos que la consideran una prenda fetiche de la casta.

Yo me declaraba antitaurino, hasta que me indigné con las carcajadas grotescas de los impresentables animalistas que con ellas se mofaban de los toreros corneados.

Yo tenía simpatías republicanas, hasta que las hordas radikales empezaron a desborbonizar calles y ayuntamientos.

Yo afirmaba que la multiculturalidad podía ser una riqueza para España, hasta que observé que, con un paro del 20%, la inmigración descontrolada quitaba trabajos, y reducía los salarios y los derechos laborales de mis compatriotas.

Yo amaba a mi Madrid, hasta que la vi desvirtuada por una desordenada política multicultural que la ha hecho irreconocible.

Yo creía que vivía en una ciudad digna de ser apreciada, hasta que vi cómo mi Ayuntamiento coloca banderas gays en su fachada mientras regatea belenes y cobija asaltacapillas quemadoras y tuiteros antisemitas.

Yo era de la derecha tibia, hasta que entendí que eso no bastaba para detener al Atilas coletudo y su jauría de los hunos y los hotros.

Yo pasaba algo de la política, hasta que entendí que con mi tibieza ayudaba a la demolición de la identidad y los valores de mi país.

Yo a veces me abstenía en las votaciones, hasta que comprendí que eso era dar un voto en blanco a los de la camisa blanca.

Yo no pensaba mucho ni en valles ni en caídos, hasta que me indigné cuando quisieron cambiar el nombre de mi calle.

Yo creía en la madurez democrática de mi pueblo, hasta que comprobé que era capaz de votar a cavernícolas leninistas, a radikales vendehumos, a talibanes desgreñados, agresivos, insultantes, incapaces, ineptos.

Yo tenía esperanzas en la juventud española, hasta que vi el triste espectáculo de cómo su ignorancia era aprovechada por los perroflaustistas de Hamelin para llevarla a sus cavernas antisistema.

Yo no creía mucho en la televisión, pero jamás pensé que fuera posible una campaña tan descarada y escandalosa de promoción como la que los medios han hecho con los podemitas lenintoides.

Yo nunca pensé que fuera a ser posible que un día hiciera esfuerzos tan desesperados por reprimir una palabra, pero esta gentuza ha conseguido que para mí «podemos» sea un vocablo maldito que evito pronunciar.

Yo nunca había imaginado que un país presuntamente civilizado como el mío pudiera travestirse en república bananera, hasta que llegaron estos descorbatados cejijuntos bailando salsas congueras mientras desafinan cantando aquello de «¡Chávez vive, la lucha sigue»!

Yo nunca había sentido mucha manía contra nadie, hasta que aparecieron estos marxipijos con su rancio olor a guayabera caribeña, con su puño en alto descerrajando estupideces, escupiendo consignas bolivarianas, amenazando al cielo con sus populistas monsergas cojoneras.

Yo creía que mi tiempo de activismo ya había pasado, pero mi indignación contra las bandas antisistema me llevará seguramente a la calle otra vez. Al tiempo.

Yo creía ciegamente en las libertades democráticas, hasta que entendí que una sociedad permisiva con las drogas, los botellones, el aborto, las vejaciones a la Patria, el choriceo, la basura mediática, las mil y una corruptelas, las persecuciones a la Iglesia, los separatistas, la economía sumergida provocada por la inmigración, la deformación de nuestro pasado y la negación de nuestra historia son contravalores con los que una siniestra conspiración amenaza seriamente los principios que han conformado nuestra identidad y nuestra dignidad, como país y como seres humanos.

Yo no presumía de bandera ni de himno, hasta que los vi profanados por quemaduras y silbatinas.

Yo amaba a mi Patria con discreción, pero al ver la conspiración por destruirla de esta chusma progreokupa, ahora la llevo mucho más adentro en mi corazón.

Yo era un patriota, pero al ver a todos estos pretorianos matapatrias asaltándola desencadenados, coletas al viento, con sus referenda autodeterminativos en la canana, de hecho soy dos patriotas.

Yo era un español, pero ahora soy dos españoles. Pásalo.

 

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