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Durante estos últimos 30 años, el órdago contra las instituciones del estado español por parte de los diferentes estamentos catalanistas  ha sido constante.

Unas veces en forma de chantaje para favorecer la consecución del gobierno a uno de los dos partidos mayoritarios españoles, PP o PSOE, otras veces en forma de confrontación y desobediencia a las leyes estales y otras en un desprecio constante por parte de los dirigentes de los partidos catalanistas a otras regiones y ciudadonos del resto de España. Esto, unido a una educación infantil basada en el odio a España, que roba a los "pobrecitos" catalanes, han llevado a la sociedad catalana a una desafección sin precedentes a la idea de vivir con un gobierno conjunto con el resto de España a no ser que sea en sus condiciones. Se ha llegado al punto de "no retorno", dos generaciones educadas en el odio a España hacen imposible una convivencia pacífica

La independencia de Cataluña supondría en un primer momento una catástrofe sociológica, como lo supuso la pérdida de Cuba y Puerto Rico, menos las Islas Filipinas y las Islas Marianas, en 1898 , pero también supondría evitar un conflicto armado de consecuencias imprevisibles, como está ocurriendo en Ucrania y ya ocurrió en la antigua Yugoslavia.

Una secesión de Cataluña, con fronteras al norte del Ebro y al este del Segre, con deportaciones de catalanistas y españolistas a sus diferentes territorios, sería una solución aceptable para un amplio espectro de la población española, con desagrado para la catalanista, pero la aceptarían. Además habría que repartir la deuda estatal así como el fondo de pensiones y los beneficiarios actuales y futuros.

Las consecuencias económicas serían muy desfavorables en un periodo corto de tiempo, el PIB del resto de España caería entre un 10 y un 20% en los siguientes 5 años, pero la deslocalización de empresas ubicadas en Cataluña al resto del estado español y la creación de nuevas empresas, haría que se creara una red  productiva para suplir los productos provenientes de Cataluña, que dinamizarían la economía y harían que en los siguientes 10 años el PIB alcanzara valores superiores a los que tendría con el lastre de Cataluña. Eso sí, habría que evitar  a toda costa que los productos catalanes se vendiesen en España y en el resto de la UE, vetando su entrada a la UE, y al resto de asociaciones internacionales en los que España tuviese poder de veto y gravando los productos con los máximos aranceles posibles.

Sabemos que el proceso en Cataluña sería a la inversa, pero eso es algo que al resto de los españoles nos importaría muy poco. 

 

 

Criticón Digital