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Antonio Burgos deja hecho un trapo a Pedro Sánchez:

"Un amigo me dice que por coger poder es capaz de matar a su madre"

"¿Quién nos iba a decir que nuestra esperanza iba a ser el pensamiento como hombres de Estado de González, de Guerra, de Leguina, de Bono o de Corcuera".

"Leo que puede ocurrir otra desgracia nacional, cual que Sánchez, la fotocopia sin tóner de ZP, gobierne con los de Podemos, los antisistema, los separatistas catalanes y vascos, los filoetarras y todo el rejú del Congreso".

 Las ansias de mandar de Pedro Sánchez, por encima de lo que le pueda convenir a España, son este 31 de enero de 2016 el punto de atención de los columnista de la prensa de papel. Pocos defensores le salen a un líder socialista que se ha convertido por méritos propios en el muñeco del pim, pam, pum por querer ser presidente a toda costa con el peor resultado del PSOE en toda la historia de la democracia.

Arrancamos en el ABC y lo hacemos con Antonio Burgos que pone de chupa de dómine al ‘guapete' Sánchez por tener una mentalidad tan cortoplacista y egoísta:

Hijo, qué éxito, no sé si de taquilla y crítica entonces, pero sí de topicazos ahora el de «La delgada línea roja», la película de Terrence Malick basada en la novela homónima de James Jones sobre la batalla de Guadalcanal. Pero el Guadalcanal del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial, no Guadalcanal provincia de Sevilla y título del marquesado que Don Juan Carlos I concedió a don Antonio Fontán por los servicios prestados a España durante la Transición y, antes, bajo la dictadura franquista en su etapa de director del muy democrático diario «Madrid», con cuya corresponsalía sevillana me honró. «La línea roja» se ha puesto de moda. Vamos, que sin la «línea roja» dichosa no se pueden hacer los pactos para la investidura de presidente del Gobierno. No se acaban de poner de acuerdo sobre qué presidente poner y qué gobierno pactar porque la línea roja la están planchando, ora en el comité federal, ora en los círculos, y no precisamente el Círculo de la Amistad de Córdoba o el Círculo Ecuestre de Barcelona. La línea roja, en latín, sería la «conditio sine qua non». En castizo, el «hasta ahí podíamos llegar». Pero a mí me suena a otras dos cosas: a Fiesta Nacional (menuda fiesta las negociaciones en curso) y a Historia de España.

Me suena a Fiesta Nacional la famosa y tópica «línea roja» porque de ese color están pintadas en la plaza de toros de Sevilla las rayas de picadores, igual que en Las Ventas son blancas. Si los políticos fueran aficionados y lo del toreo no estuviera tan mal visto, tendrían más arte al hablar de los pactos de gobernación (o «gobernanza», palabra del Tertulianés que los que viven de hablar sin decir nada y mojándose menos todavía han convertido en arcaísmo de su léxico). Si hubiera políticos aficionados, dirían: «En los pactos para gobernar no estamos dispuestos a que Podemos pise la raya de picadores». Pero como estos tíos ni saben qué es la raya de picadores, aunque quizá sí sepan qué raya es otra raya que no quiero mentar y que no es precisamente la rociera Raya Real, pues pasa lo que pasa.

Recuerda que:

Lo que pasa es que lo de «las líneas rojas» me suena a Historia de España. A los más tristes y mal llamados años de la Historia Contemporánea: a la guerra, como le decían, a secas, sin el remolque de «civil», los que la sufrieron en los frentes o en las retaguardias de ambos bandos. Será que he leído muchas novelas y estudios sobre esa tragedia nacional, pero a mí me suena a la guerra cada vez que escucho hablar de «las líneas rojas». Porque, además, suelen mentarla los rojos, nunca los nacionales, por usar el léxico de la propia contienda. Veo que nunca mejor empleado lo de «las líneas rojas» cuando leo que puede ocurrir otra desgracia nacional, cual que Sánchez, la fotocopia sin tóner de ZP, gobierne con los de Podemos, los antisistema, los separatistas catalanes y vascos, los filoetarras y todo el rejú del Congreso. Me suena a «La fiel Infantería», a «Cuerpo a tierra», a «La encrucijada de Carabanchel», a «La forja de un rebelde», a nuestra narrativa de guerra: que los rojos rojos han saltado los parapetos, han roto las líneas nacionales y, desbordándolas, avanzan hacia Badajoz, para partir en dos la zona enemiga, como intentó el general Rojo con la batalla de Peñarroya en enero de 1939. En el clima de guerracivilismo que trajo ZP, las líneas rojas son las que mandan, pero no en sentido metafórico, sino real: han roto y desbordado las líneas nacionales del PP... que fue el que ganó las elecciones. De otra forma no se explica lo que me decía un amigo liberal la otra mañana.

Y remata con contundencia:

Quién me iba a mí a decir que andando el tiempo, y frente a tanto mindundi elevado al máximo de sus incapacidades, nuestra esperanza iba a ser el pensamiento como hombres de Estado de González, de Guerra, de Leguina, de Bono o de Corcuera, ¿te acuerdas? ¡El de la patada en la puerta! La patada que ahora nadie se atreve a dar en su propio partido a las egocéntricas locuras de Sánchez, que por coger el poder es capaz de matar a su madre. O sea, a España.

Luis Ventoso tampoco es indulgente, que digamos, con el líder del PSOE quien, por otra parte, se está ganando todos los epítetos que le sueltan:

Nuestro pertinaz Sánchez, al que le gusta más una frase hecha que a Flo cambiar de entrenador cuando todo va bien, explicó ayer a sus barones rampantes, al final mininos de garritas de seda, que para ser presidente al dictado de Podemos solo le importarán tres cosas: «Programa, programa y programa». En realidad ese programa es fácil de resumir: Yo, yo y luego otra vez yo. Sobrevivir. Como sea y a costa de lo que sea.

Lo más desolador del actual PSOE ya no es su carajal interno, ni su derrotismo más bien felón ante la realidad de España (un país que está creciendo al 3,2%, que ha creado medio millón de empleos en un año, una nación atractiva, que ha recibido 68 millones de turistas en 2015). Lo peor de este PSOE es su terrible inanidad programática. Con más moral que el Alcoyano, vas buscando atisbos de ideas sugerentes entre los supuestos cerebros socialistas, algo nuevo que suponga una oferta alternativa a la conservadora. Lo confieso: me he papado con detallada atención tribunas enteras de Jordi Sevilla, de Luena, hasta del gran Sánchez. Por supuesto, también la última y extensa entrevista con el oráculo de la calle Velázquez, González, en la que cantinflea con su acostumbrada maestría, siempre efectista, bonita por fuera, y a la postre, hueca como una centolla fuera de temporada. La sensación que me queda es siempre la misma: no me han dicho nada original. O peor: solo me han contado generalidades inviables. Jamás aflora un dato económico cuantificado, una solución detallada a un problema concreto. Prima la palabrería buenista, que nada arregla en la vida práctica. Como español, siento muchísimo decir que hasta un carcamal radical como el laborista Jeremy Corbyn y su equipo de marxistas reciclados trabajan con más rigor intelectual que nuestro partido socialista.

Apunta que:

Todo en este PSOE, arrasado por la subcultura revanchista y débil del zapaterismo, semeja una estepa mental sustentada en seis clichés. 1.- Rajoy es peor que Hannibal Lecter y los españoles quieren chimparlo de inmediato (aunque haya ganado las elecciones con 1,7 millones de votos más que Sánchez). 2.- Hay que reconstruir el Estado del bienestar (que nunca ha sido destruido). 3.- Hay que derogar la reforma laboral (cuando Bruselas ya exige otra). 4.- Hay que ofrecer más subvenciones sociales (en un país gravemente endeudado y que simplemente no tiene dinero). 5.- Hay que crear más empleo (claro, pero ¿qué proponen?). 6.- El desafío separatista catalán se arregla con federalismo asimétrico (entelequia que no acaban de definir y que a los sediciosos les resbala, pues lo único que demandan ya de España es romperla).

Concluye que:

Fruto de esta desoladora liviandad ideológica, el PSOE, algún día un partido socialdemócrata europeo serio y constructivo, ve normal aliarse con Podemos. Hasta traga ser humillado por una formación neocomunista de cariz totalitario y padrinazgos hediondos. ¿Alguien ve a Iglesias y Errejón haciendo frente a la amenaza de Daesh, frenando la sublevación separatista, convenciendo a los mercados internacionales de que inviertan en España, ajustando nuestra economía a las reglas de la UE? No lo ve ni Sánchez. Pero allá va. Superego. Ese es el programa.

José María Carrascal apunta que el PSOE de Sánchez prefiere ver rota España antes de darle el Gobierno al PP, pese a que éste haya ganado las elecciones y sacado casi dos millones de votos a los socialistas en las elecciones del 20 de diciembre de 2015:

¿Qué busca Pedro Sánchez al consultar a las bases de su partido sobre los pactos que piensa hacer para formar gobierno? Pues muy sencillo: pactar con aquellos que el Comité General del PSOE no estaba dispuesto a autorizarse. Concretamente, con Podemos y con los independentistas. ¡Y todavía dice que no está dispuesto a ser presidente a cualquier precio! No sólo a cualquier precio sino en cualquier circunstancia y lugar. Aunque sea sólo por un mes, por una hora, puede que durante un solo minuto, pues ello le incluiría en la lista de presidentes de España, el sueño de todo político, aunque nunca con tal ferocidad.

Porque, incluso si lo consiguiera, su gobierno sería una invitación al desastre. De entrada, Podemos no está interesado en gobernar con el PSOE, está decidido a sustituirle, como mostró en su famosa lista del gabinete. O sea, una apuesta al suicidio, como ha ocurrido a tantos partidos socialistas que aceptaron el abrazo del oso socialista. Pero con ser eso grave, el precio que tendría que pagar a los nacionalistas por abstenerse en su nominación -en otro caso las cuentas no le salen- sería mucho más costoso: el troceamiento de España. Junqueras ya ha dicho que no se contenta con menos que la independencia -está ya metido en esa operación- y Urkullo reiteró recientemente que su último objetivo sigue siendo un País Vasco convertido en Estado-nación. Les seguirán otras comunidades con tantos o más títulos para ello pues, en España, quien más quien menos tiene títulos para dar y tomar. Si España pudiera llamarse a aquello.

Y dice que:

El Comité Federal del PSOE lo sabe, de ahí que bastantes de sus miembros hayan advertido a su secretario general que tal consulta no será «vinculante» y que él será quien tiene la última palabra, como marcan sus estatutos. Pero tampoco se ha atrevido a rechazar la propuesta de Sánchez por peligrosa que le parezca. La razón es de sobra conocida: temen ser acusados de facilitar que el PP, la derecha, siga gobernando. El más grave de los pecados en que puede caer un izquierdista español. Más grave incluso que España comience su proceso de desintegración.

Eso por no hablar de las consecuencias inmediatas en la economía, del parón de las inversiones extranjeras ante un gobierno «antisistema» y del frenazo de los empresarios nacionales ante fuerzas que los consideran enemigos, y dejo aparte las relaciones con el régimen venezolano y el de Irán, que despiertan todo menos confianza. Pero tales consideraciones, «meramente capitalistas», no inquietan a una izquierda como la nuestra, cuyo objetivo principal y a estas alturas, único, parece ser impedir que gobierne la derecha. Todo lo demás es secundario. En eso, hay que coincidir con ella: la Transición no ha logrado superar los fantasmas del pasado, que tantas desgracias han traído a España, algunas de ellas no tan lejanas.

En El Mundo, Casimiro García-Abadillo dice que la apuesta de Pedro Sánchez, lo de que decida la militancia la política de pactos, es todo un órdago a la grande:

Ayer se pusieron de manifiesto dos cosas: que los susanistas no quieren que Pedro Sánchez sea el candidato a unas hipotéticas elecciones, y que el secretario general va a hacer todo lo posible por ser el próximo presidente del gobierno.

Si la reunión de la Ejecutiva del PSOE, en reunión previa al Comité Federal, se cerró con un éxito de la oposición interna a Sánchez, al imponerle las primarias para la elección a secretario general el 8 de mayo (que deberá ser ratificado en un Congreso a celebrar dos semanas después), en contra de lo que pretendía el actual y debilitado líder del partido que quería retrasar ese proceso hasta finales de junio, éste sorprendió a los barones y a casi todos los miembros del máximo órgano del partido al proponer que los posibles pactos para la formación de un gobierno de coalición sean votados por la militancia, antes de ser validados por ese mismo órgano.

El juego táctico en torno al Congreso no hace sino evidenciar que la guerra interna en el principal partido de la oposición no sólo no ha amainado en las últimas semanas, sino que se ha recrudecido e incluso ha fijado la cita para la batalla final.

Detalla que:

La fecha del Congreso, y la elección por primarias del secretario general, han quedado fijadas por la baronía, calendario en mano, para que el próximo cabeza de lista, si se repiten las elecciones, no vuelva a ser Sánchez. «En su día», recuerda un miembro de la dirección socialista alineado con la oposición, «Sánchez ganó las primarias porque tuvo el apoyo de la Federación de Andalucía; ahora eso ya no sería así: Susana Díaz contará con la mayoría en caso de que hubiera primarias».

Consciente de lo que se juega en el envite y sabedor de que si sus posibles pactos, sobre todo con Podemos, tienen que pasar por el filtro del Comité Federal, sus posibilidades de lograr luz verde son limitadas, Sánchez se sacó de la manga una oferta que nadie en la dirección del PSOE podía rechazar, al menos públicamente: que decida la militancia.

Sánchez se lo juega todo a esa carta. Primero debe lograr un pacto de gobierno con una «letra y música» (expresión utilizada ayer por Díaz) que no suponga salirse de las líneas rojas impuestas por el Comité Federal. Luego deberá obtener una mayoría suficiente de apoyos entre las bases. Si la oposición interna decide boicotear ese acuerdo, bastaría con que hubiera un número elevado de abstenciones. Si sólo un porcentaje inferior al 50% de la militancia vota a favor de lo pactado con otro partido, el Comité Federal estará legitimado para echarlo atrás y a Sánchez no le quedaría más remedio que dimitir de forma inmediata.

Y recuerda que: 

Como hizo ya hace año y medio, Sánchez cree que puede ganar entre los socialistas de base. Sabedor de que ya es imposible recuperar apoyos en la cúpula del partido, su apuesta es al todo (ganar el gobierno) o nada (dimitir como secretario general). No se puede negar que se trata de una apelación genuina a la democracia interna.

Por otro lado, la líder del socialismo andaluz ahora no tendrá excusas para dar un paso adelante y ser la alternativa a la dirección del partido y, por tanto, la candidata a las nuevas elecciones si Sánchez no logra su objetivo.

La pregunta que se hacen algunos dirigentes del PSOE es si Susana será capaz de lograr un resultado mejor que Sánchez (90 escaños) en las elecciones del 20-D. Sobre todo, teniendo en cuenta el desgaste sufrido durante las últimas semanas por la disputa abierta y descarnada por el poder en el partido.

Finalmente, en La Razón, Alfonso Rojo le suelta dos buenos ‘mecos' al presidente de Irán por hacer el mamarracho en Francia pidiendo que en la cena oficial con el presidente galo no hubiese vino y resalta la contundente respuesta de Hollande mandando al iraní a cenar a su hotel: 

Media vida celebrando el 2 de Mayo y rememorando la Batalla de Bailén, para al final morirte de envidia ante los franceses. Lo podemos vestir como queramos, subrayar que Nadal les ha dado para el pelo nueve veces en Roland Garros, que Pau Gasol y sus «cuates» los apearon del último Eurobasket y que hasta el Real Madrid, en horas bajas, le mete mano al PSG, pero no se puede tapar la verdad con un dedo: Francia nos dan ciento y raya. Lo acaban de demostrar y desde el Palacio del Eliseo, sede de la Presidencia de la República, y hogar temporal de François Hollande.

Recuerda que:

Aprovechando que Obama ha levantado las sanciones que desde 1979 pesaban sobre Irán, en respuesta a las actividades nucleares ilícitas, el apoyo al terrorismo y el abuso de los derechos humanos por parte del régimen de los ayatolás, el enturbantado Rohani anda de gira por el mundo, cerrando acuerdos y cambalaches multimillonarios. Recaló primero con su multitudinario séquito -seis ministros y un centenar de empresarios rodeados de un imponente despliegue de seguridad- en Roma, donde las autoridades italianas se desvivieron por agradarle. Hasta suprimieron el vino en la cena oficial, garantizaron que todas las viandas habían sido sometidas al rito halal e hicieron que los comensales las engulleran a golpe de zumo, agua o CocaCola. Todo por la sharia islámica y los 17.000 millones de euros que firmaron en contratos al día siguiente. Cubrieron preventivamente con cajas las bellas estatuas romanas, no fuera a ser que el iraní y su corte se llevaran un calentón viendo esas venus en cueros, efebos en pelotas y dioses griegos desnudos que cincelaron Bernini o Miguel Ángel.

Finaliza así:

De Italia, saltó Rohani a Francia y apenas tomó tierra, discretamente como exigen los usos diplomáticos, su comitiva comunicó a las autoridades galas que daban por supuesto que también París se adaptaría a sus piadosos deseos, como había pasado en Roma y sucedido en Madrid en 2002, cuando visitó España su predecesor Jatami. Estaba programa esa noche una cena de Estado en el Elíseo y la respuesta de Hollande fue fulminante. Con la tesis de que Francia no hace «concesiones culturales» y que no hay presidente francés que se precie que no goce con un buen Burdeos, canceló el ágape y recomendó a los iraníes que cenasen en su hotel. ¿A que comparten mi envidia?

Criticón Digital