mezquita

Pedro Cobo- Doctor en Historia por la Universidad de Málaga.

Europa se está muriendo. Vemos su cuerpo marchito y su alma agotada. En Europa el índice de hijos por mujer es de 1.4. La tasa de reemplazo es de 2.1. Los musulmanes europeos tienen más de 3 hijos por mujer. Algunos países musulmanes superan los 7, algunos los 5, bastantes los 4. Según el Pew Research Center, para el 2030 los musulmanes del mundo habrán crecido el doble que el resto de la población que no lo es, pasando de 1600 millones a los 2200 millones de adeptos.

La herencia greco-romana-cristiana de Europa está en decadencia. En 1918, Oswald Spengler en su emblemático libro La decadencia de Occidente auguraba que a esta región ya le tocaba morir tal como había sucedido con los sumerios, los griegos, los babilónicos o los romanos. De acuerdo con el autor, uno de los síntomas claros de la decadencia de una civilización es el paso de una sociedad religiosa a una sociedad racional que ha perdido sus bases religiosas.

En Europa las iglesias cristianas se cierran, se convierten en bares y en discotecas o están medio vacías con unos pocos ancianos, mientras que el número de mezquitas aumenta vertiginosamente y están llenas de gente joven. No hace falta ser alarmista, xenófobo o islamofóbico para deducir que a Europa no le faltan muchas generaciones para convertirse en un continente con una porcentaje muy alto de población musulmana, quizá hasta llegar al 51%.

Europa se niega a poner en el preámbulo de su fallida Constitución que tiene herencia cristiana. A Europa le da vergüenza llamarse cristiana. Como un hijo se avergüenza de sus padres, Europa se niega a reconocer sus raíces y como tiene pudor en reconocer su herencia, tampoco se preocupa de los continuos asesinatos y persecuciones en los países musulmanes a los cristianos, a los budistas o a quienes profesan otras religiones. Ya no quedan apenas judíos en esos países, debido a que tuvieron que huir; por ellos ni siquiera hace falta preocuparse.

La cultura occidental basada en los principios cristianos y los ideales de la Ilustración —que todos los hombres son iguales porque fueron creados por el mismo Dios y que se reivindique la tolerancia, libertad, derechos humanos— ha sido muy abierta a los ciudadanos musulmanes. Atacar o vilipendiar a los musulmanes en Europa sería una traición a su propia cultura. Pero una cosa es ser xenófobo o islamofóbico, y otra muy distinta es pecar de ingenuidad. ¿Cómo es posible que el Rey de España y la jerarquía católica participen en la inauguración de una megamezquita en Madrid construida con dinero saudita? ¿Acaso no sabían que en Arabia Saudita se condena a prisión a los cristianos por tener una Biblia en casa? En diciembre de 2014, la policía española capturó a una célula yihadista que se reunían en la mezquita. ¿Qué esperaban, que salieran hermanitas de la caridad de una mezquita apoyada con dinero saudita? ¿Acaso no saben que el wahabismo difundido desde Arabia Saudita es una de las ramas más intolerantes con los derechos humanos? ¿No sabían que en Arabia Saudita una mujer no puede salir sin un varón de su familia a la calle, que no puede votar, que no puede montar en bicicleta, que se flagela públicamente a los delincuentes o a los supuestos delincuentes (hace unos días un bloguero que publicó algo que no le gustó a un clérigo fue condenado a mil latigazos y a varios años de cárcel)? ¿No saben que en Arabia Saudita el adulterio se condena con la lapidación?

Por desgracia el caso de Arabia Saudita no es una excepción. Hay muchos países musulmanes donde la conversión a otra religión supone la condena a muerte. La libertad religiosa en esos países es prácticamente nula. En el mejor de los casos se tolera a los cristianos, a los budistas o a quienes profesan otras religiones, pero siempre en unas condiciones de inferioridad y con gran dificultad para aumentar sus templos de culto cuando no para tener sus reuniones religiosas.

Un grupo de musulmanes reza en la Mezquita de la M-30 de Madrid

Musulmanes rezando en la mezquita de la M-30 en Madrid. España.

En cualquier lista de países con mayor violación de los derechos humanos, los países con presencia musulmana —si exceptuamos a Corea del Norte— copan casi la práctica totalidad: desde el segundo lugar hasta el puesto número 25. Podríamos pensar que quizá sí, que en algunos países se violan los derechos humanos, pero que los musulmanes son los principales perjudicados por esas violaciones y que una vez en Europa podrán adoptar los principios liberales. La idea es en buena parte cierta. Sin lugar a dudas, hay muchísimos musulmanes que han adoptado esos principios y hemos visto en estos días como un policía musulmán murió defendiendo a los editores de la revista Charlie Hebdo o a un empleado musulmán de un supermercado que escondió a clientes en un refrigerador, liberándolos de la amenaza de ser masacrados.

En definitiva, hay cientos de miles de musulmanes que han aceptado la tolerancia y la defensa de los derechos humanos como forma de vida. Sin embargo, según una encuesta del Pew Research Center, no parece que esa posición sea la mayoritaria en el mundo musulmán. Según el estudio, en 17 de los 23 países encuestados, más de la mitad de la población cree que la sharía (ley islámica) ha sido revelada por Dios. En muchos de esos países, la mayoría de la población cree que la sharía debe ser la ley del Estado y, aunque en menor proporción, hay un porcentaje altísimo de musulmanes que creen que la sharía se debe aplicar por igual a musulmanes y a no musulmanes. El problema es serio ya que la sharía no reconoce la igualdad entre el hombre y la mujer ni la igualdad entre musulmán y no musulmán.

La situación es más grave cuando se les preguntó a los entrevistados acerca de la pena de muerte contra los musulmanes que se convertían a otra religión. El 38% del total de los encuestados pensaban que sí se debía aplicar. En 6 países, más del 60% de los entrevistados pensaban que había que ajusticiarlos. ¿Puede haber algo más alejado de la tradición liberal occidental que esta visión criminal contra la libertad de conciencia?

Con respecto a la lapidación por adulterio, en Pakistán el 89% está de acuerdo, el 85% en Afganistán y el 84% en los territorios palestinos. En total, el 51% de los entrevistados en 20 países musulmanes estaban de acuerdo con la lapidación de los adúlteros.

Más allá de los ataques a las Torres Gemelas, de los atentados en Londres, en Madrid o en contra de Charlie Hebdo y del ejército islámico con sus crímenes horrendos contra todos aquellos que no comparten su visión del sunismo, ¿desea Europa llenarse de ciudadanos que en un porcentaje bastante alto piensan de esa manera? Sinceramente, creo que no.

Uno de los problemas es el terrorismo islámico, pero algo más profundo y difícil de atajar es la mentalidad de muchos musulmanes. Es posible que con el tiempo el Islam evolucione, pero como bien dice el intelectual egipcio Samir Khalil Samir —autor de Cien preguntas sobre el Islam—, los pocos intelectuales que han intentado conciliar el Islam con la modernidad y con los derechos humanos han sido perseguidos en sus propios países. Refiriéndose a esos modernizadores dice: “A corto plazo, debemos admitir que las llamadas de los reformistas tienen consecuencias más bien limitadas sobre la formación de la mentalidad y sobre la organización social”. Y cómo me dijo un intelectual musulmán palestino en Damasco en junio de 2010: “Los llamados intelectuales musulmanes moderados en Occidente son para consumo occidental, aquí nadie los conoce”. Y ese es el problema, hoy por hoy se puede decir que para la inmensa mayoría de los musulmanes no puede existir una democracia pluralista tal como se la concibe en Occidente —con separación Iglesia-Estado—, ya que en el Islam tradicional que perdura hasta hoy en la mayoría de los musulmanes del mundo, el Estado y la religión son un todo, tal y como lo previó Mahoma en el Corán, y es inconcebible que todas las religiones tengan el mismo estatus. Esa separación sería la mayor herejía para la inmensa mayoría de los musulmanes.

No soy un ferviente seguidor de Vladimir Putin, pero creo que ante la situación del Islam tiene una posición mucho más clara y adecuada que la tibieza e ingenuidad de Europa Occidental. El 4 de agosto de 2013 al referirse a los musulmanes Putin les dijo:

“En Rusia vivan como rusos. Cualquier minoría, de cualquier parte, que quiera vivir en Rusia, trabajar y comer en Rusia, debe hablar ruso y debe respetar las leyes rusas. Si prefieren la sharía y vivir una vida de musulmanes, les aconsejamos que se vayan a aquellos lugares donde esa sea la ley del Estado.

Rusia no necesita minorías musulmanas, esas minorías necesitan a Rusia y no les garantizamos privilegios especiales ni tratamos de cambiar nuestras leyes adaptándolas a sus deseos. No importa lo alto que exclamen “discriminación”, no toleraremos faltas de respeto hacia nuestra cultura rusa.

Debemos aprender mucho de los suicidios de Estados Unidos, Francia, Holanda y del Reino Unido si queremos sobrevivir como nación. Los musulmanes están venciendo en esos países y no lo lograrán en Rusia. Las tradiciones y costumbres rusas no son compatibles con la falta de cultura y formas primitivas de la sharía y de los musulmanes. Cuando este honorable cuerpo legislativo piense crear nuevas leyes, deberá tener en mente primero el interés nacional ruso, observando que las minorías musulmanas no son rusas”. Cinco minutos de ovaciones del Parlamento ruso siguieron a su discurso.

Por su parte, la Iglesia ortodoxa rusa a finales de 2008 se negó a que se construyera una mezquita con dinero saudita en Moscú con esta clara respuesta:

“Ustedes a menudo dicen que el Islam es una religión de justicia. Sin embargo, Arabia Saudita construye docenas de mezquitas en países cristianos. ¿No sería justo construir una iglesia para los cristianos que viven en su reino? Quizá el Presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, el cardenal Jean Louis Tauran, estuviera en lo cierto cuando dijo que “si los musulmanes creen que tienen el derecho a tener una gran mezquita en Roma, también sería justo que los cristianos construyeran una iglesia en Riad”. Finalmente, por sentido común, la mezquita no se construyó en Moscú.

Sin embargo en el Reino Unido se permite que los musulmanes apliquen la sharía entre los musulmanes, generando —como no podía ser de otra forma— enorme discriminación para las mujeres musulmanas. En España distintos partidos presionan para que los musulmanes utilicen la catedral de Córdoba, porque ahí había una antigua mezquita; el Obispo de Córdoba, con sentido común fue tajante: “No”. El Real Madrid quita la cruz de su escudo en la publicidad en países árabes para no herir las sensibilidades de los musulmanes, sin embargo las mezquitas pagadas por países musulmanes, con un triste récord en violación de los derechos humanos, pululan por las ciudades y pueblos europeos.

Europa no solo se muere en población, sino también en su capacidad de luchar verdaderamente por la civilización que la vio nacer. Ha olvidado su obligación de luchar por los derechos humanos más allá de sus fronteras. No solo no ha ejercido presión en los países musulmanes para que se respeten el derecho de las minorías, sino que ha dejado —e incluso alentado— que dentro de su territorio proliferen mezquitas que predican el Islam más radical.

Se ha olvidado de su herencia cristiana y en muchos casos la ha repudiado —el caso de Charlie Hebdo es emblemático—, pero si pierde esa tradición, como dice el agnóstico y senador italiano Marcelo Pera, se pierde el sustento de los derechos humanos. Estos solo se pueden apoyar bajo una premisa sencilla: todos los hombres somos iguales. Y ese axioma es una herencia que no es romana ni griega, mucho menos musulmana, es una herencia judeo-cristiana. Pera, aún siendo agnóstico, lo dice claro: si acabamos con los principios judeo-cristianos —que son los cimientos— se nos caerá el edificio de los derechos humanos.

Europa se está muriendo de inanición espiritual. Si no lucha por defender su herencia cristiana, si no es totalmente intolerante con aquellos que no aceptan los derechos humanos y si no revierte su suicida política antinatalista, es muy probable que dentro de pocas generaciones tenga que vivir bajo la ley de la sharía. Entonces sí experimentarán en carne propia que en el Islam, en todas las ramas del Islam —exceptuando a unos pocos intelectuales sin gran influencia— todos los hombres no son iguales y que las mujeres, con respecto al hombre, tampoco.

Criticón Digital